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Introducción Imprimir E-Mail

Entendemos por Problemática Animal el conjunto de situaciones en las que la comunidad humana inflige daños injustificados y conscientes al grupo biológico que conocemos popularmente por “animales”. No pertenecerían a la categoría de Problemática Animal  aquellas situaciones derivadas de accidentes, u otras perpetradas por agentes éticamente no activos (discapacitados humanos y la mayoría de los individuos pertenecientes a otras especies). Sobre la base de este precepto, atropellar con el coche (sin desearlo) a un conejo puede ser un auténtico “problema” para el animal, pero no se trata de una situación que merezca ser incluida en el epígrafe mencionado.

 

Requiere una reflexión somera el término “injustificados” (o “gratuitos”) aplicado  a los malos tratos hacia los animales, dado que su aparente ambigüedad semántica podría ser utilizada por quienes legitiman muchas de las formas de violencia que hoy se ejercen sobre los mismos. A efectos prácticos, consideraremos aquí como injustificadas todas aquellas situaciones agresivas que podríamos evitar sin que ello afectase a nuestros intereses básicos y/o primarios, siendo estos, fundamentalmente, la integridad física y la propia vida. En realidad, únicamente deberíamos aceptar la violencia hacia los animales en casos de legítima defensa o en aquellos en los que se persiga evitar un mal mayor.

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Por otra parte, no se necesita hacer grandes esfuerzos para concluir que la misma legitimación adquiere sentido en situaciones análogas que puedan darse en el ámbito humano.

 

Las áreas de agresión gratuita que sufren los animales son muy numerosas. No se trata solamente de las denostadas fiestas populares o la caza de ballenas, sino otras menos conocidas por la opinión pública y que, comparativamente, resultan mucho más devastadoras que las anteriores, teniendo en cuenta sobre todo factores como el número de individuos implicados o el grado de violencia que se ejerce sobre ellos. Hablamos de formas de abuso como la ganadería, la vivisección o la explotación de animales para el entretenimiento humano.

 

Es importante resaltar que, cuando analizamos una forma de abuso específica, no estamos tratando un hecho aislado, sino una manifestación más del fenómeno homocéntrico-especista, fundamentado en la creencia de que el mero hecho de pertenecer a una especie biológica concreta (la humana) es suficiente para tratar a los individuos de las demás especies como meros enseres que están “destinados” a satisfacer no ya nuestras necesidades, sino nuestros caprichos más frívolos.

 

La mayoría de la gente no percibe que nuestra relación con los animales esté basada por lo general en la agresión. Identifica ésta con algunos casos extraordinarios y puntuales: algunos tipos de agresión pública, al abandono de perros, y tal vez la caza comercial de animales emblemáticos como las focas o los tigres de Bengala. La opinión pública tiende a pensar que, salvo este tipo de situaciones, los animales supeditados al hombre viven bien “hasta que les llega la hora”. Preferimos imaginar a los cerdos correteando por el encinar en busca de sabrosas bellotas, a las gallinas picoteando tierno maíz en el prado, o a las ratas de laboratorio encantadas de prestar sus servicios al bienestar humano. Esta incomprensible desinformación masiva sólo es posible si la gente no desea saber lo que de verdad sucede. Conocer la cruda realidad de los animales implica muchas veces vernos a nosotros mismos como colaboradores activos de fenómenos de violencia institucionalizada, lo cual no hace que nos sintamos muy cómodos. Sin embargo, y por simple decencia ética, deberíamos permitir al menos que se nos ofreciera información veraz al respecto. Ése es el propósito de ATEA.

 
Los animales como comida Imprimir E-Mail

Si pudiéramos cuantificar todo el sufrimiento gratuito que infligimos a los animales, el 99% se lo llevaría el apartado de “abasto”, es  decir, todas aquellas situaciones en las que explotamos a los animales para obtener algún producto alimenticio.
El porcentaje referido puede parecer en principio excesivo, pero los datos son abrumadores en este sentido. Teniendo en cuenta parámetros como el número de individuos implicados y el grado de violencia que se ejerce sobre ellos,  la cifra mencionada se nos muestra incluso moderada. Por expresar de otra forma la verdadera dimensión de este área de abuso, si una persona concreta redujera su consumo de animales (los cadáveres de éstos o sus “derivados”, como los lácteos o los huevos) tan solo en un uno por ciento (1%), estaría haciendo más por ellos que adhiriéndose de manera radical a las corridas de toros, a la vivisección, a la caza y a los circos. Cabe hacer notar que disminuir en el porcentaje citado el consumo de animales en la dieta,  apenas significa “hacerse vegetariano” un día cada tres meses. ¿Existe realmente alguien que, suscribiendo en algún grado las tesis animalistas, no esté dispuesto a tal compromiso?

En la práctica, la variedad de animales explotados para consumo alimenticio es extraordinaria. Algunas especies son utilizadas desde tiempo inmemorial, pero otras son de muy reciente incorporación a una oferta gastronómica que raya con lo extravagante.
Cabe destacar que la aparición, en la primera mitad del siglo veinte, de la explotación intensiva a gran escala, ha supuesto un añadido devastador a la tradicional ganadería en la que los animales gozaban, en general, de una vida más o menos placentera hasta su sacrificio.

La explotación comercial de los animales de abasto se concibe hoy como una industria mecanizada, donde la rentabilidad económica prima sobre cualquier otro factor. Cualquiera de los apartados que se relatan a continuación supondrían ya por separado una de las formas de violencia organizada más execrables. Juntas constituyen, simplemente, un holocausto de proporciones gigantescas.

 

Gallinas


La gran mayoría de los huevos que se consumen actualmente en el mundo industrializado provienen de gallinas que no conocieron en toda su vida otra cosa que el hacinamiento extremo.
De jóvenes se les introduce en compartimentos en los que deben convivir tantos animales como permita el espacio físico disponible. En una superficie equivalente a la hoja desplegada de un periódico se meten hasta cuatro animales. Apenas pueden darse la vuelta para buscar una postura más cómoda, y estirar las alas es algo impensable. Debido a su naturaleza jerárquica, ésta es una situación extremadamente angustiosa para ellas, por lo que es comprensible que genere serios conflictos, que se manifiestan en constantes y mutuas agresiones. Las heridas que se producen frecuentemente acaban infectándose, acarrean la muerte, y con ello pérdidas en dinero. Pero los granjeros han ideado un método muy eficazpara paliar el problema: les amputan el pico, su único arma de defensa. La operación está tan mecanizada y resulta tan tosca que no resulta raro la muerte de un determinado número de aves, pero, desde el punto de vista de la rentabilidad, siempre es preferible que esto suceda cuando son jóvenes (y baratas), a las pérdidas que supone el mismo hecho cuando tiene lugar en plena época productiva.
gallinas
Estos animales ponen huevos de forma natural (simplemente no pueden evitarlo), y sus explotadores han ideado métodos para que este proceso biológico se desarrolle a la mayor velocidad posible. Los lugares de reclusión son enormes barracones donde todo está orientado a la comodidad de los operarios. El bienestar de los animales no cuenta si no se traduce inmediatamente en beneficios.  Se ha comprobado que manteniendo la luz artificial durante las veinticuatro horas del día, las gallinas “dan mejores resultados”. La triste realidad es que una de las formas que tienen de combatir la constante presión psicológica a la que está sometidas es poniendo huevos. Y cuando, por razones puramente biológicas, comienza su declive, son llevadas al matadero sin ningún tipo de consideración. Sus cuerpos se encuentran tan magullados que apenas pueden entrar en el mercado de consumo si no es para elaborar el popular caldo, que muchas veces se utiliza como potenciador de sabor a la hora de preparar..... pollo.

Vacas y terneros


La explotación de las vacas es doble desde su inicio. Al hecho de la obtención de carne, se añade la de uno de los líquidos más apreciados por la sociedad occidental: la leche.
Mucha gente cree que las vacas producen leche de la misma manera que a los humanos nos crecen las uñas, pero la realidad es que la leche sólo existe en el cuerpo de una vaca que haya tenido recientemente un hijo, para el que, por cierto, está destinada biológicamente.
vacas
En la medida en que la existencia de la ganadería está absolutamente supeditada a los intereses humanos, las vacas son forzadas a parir de manera constante, en un ejercicio veterinario al que difícilmente puede negarse el calificativo de violación masiva, resultado de la cual se crea artificialmente un ternero o ternera, cuya alimentación natural es la leche materna. Pero este preciado líquido lo reservamos para nosotros, negándoselo por tanto a sus legítimos propietarios, que son alimentados a base de papillas deliberadamente bajas en determinadas vitaminas, el  método más económico que se conoce para convertir animales sanos en anémicos, con una carne blanquecina, muy valorada por los consumidores. Y, al objeto de obtener el mayor rendimiento económico, los movimientos de los cachorros se limitan al máximo, confinándose a éstos en reducidos espacios donde apenas pueden darse la vuelta o echarse en el suelo con una mínima comodidad. No debería resultarnos difícil ponernos en el lugar de alguien que ha sido secuestrado a los pocos días de vida y alejado de toda su referencia afectiva para ser encerrado en un cuarto oscuro con varios cientos compañeros de cautiverio más. Mientras tanto, la leche que el cuerpo de la vaca produce, es extraída un parto tras otro y destinada a un sinfín de productos alimenticios (además del líquido en sí) como queso, yogures, bollería o helados.

La separación física de madres e hijos para ser destinados a explotaciones paralelas, produce en ellos un trauma difícil de sobrellevar. La dependencia emocional es tan estrecha, que ambas emiten angustiosas llamadas durante varios días. Tal situación de angustia extrema, unida a la estabulación severa que, en especial las crías, deben soportar, se somatiza mediante muy diversos trastornos físicos. Los ganaderos tratan de superar todo ello mediante auténticos cócteles de antibióticos, que empeoran la  salud de los animales y la nuestra.

Es difícil encontrar una forma de explotación más obscena que la que los humanos llevamos a cabo con el ganado bovino.

Pollos


Los pollos son noticia casi constante en los informativos, aunque no tanto por razones de índole moral, sino económica. Hoy se considera al pollo un “indicador” del índice de precios de gran importancia, y lo es por la sencilla razón de que el consumo de su carne es muy popular entre los ciudadanos.
 
La vida de los pollos es en general muy similar a la de las gallinas. Los parámetros de la rentabilidad son los que mandan, y ésto convierte su existencia en una experiencia miserable.
pollos
Desde un punto de vista comercial, un pollito puede pertenecer a una raza que se destina a poner huevos, o a una destinada para carne. Lo mejor que le puede pasar a un pollito es que sea precisamente eso, un pollito macho de una variedad destinada a la producción de huevos. Un macho no pone huevos y por lo tanto no tiene valor comercial alguno. Hay que eliminarlo, y además de la manera que menos costes origine. Introducirlo junto con muchos otros en una bolsa de plástico, en una cámara de gas o en un sistema de cuchillas puede no ser muy estético, pero resulta barato. Así, cientos de pollitos que hace apenas un minuto piaban desesperadamente llamando a sus madres son ahora una papilla sanguinolenta donde apenas se distinguen picos, ojos, patas o plumas. Esta masa, bajo la etiqueta comercial de “piensos”,  se destina a alimentar otros animales explotados, tal vez sus propias madres.
Si el pollito tiene la desgracia de pertenecer a la variedad “para carne”, será llevado a una inmensa nave que compartirá con varias docenas de miles de compañeros durante el tiempo que dura su engorde. No pasa mucho tiempo antes de que el espacio empiece a escasear, y les sea materialmente imposible acceder a un lugar donde refugiarse, o establecer la jerarquía grupal propia de estas aves en libertad. La angustia, el estrés y las continuas luchas entre ellas (con las consiguientes heridas e infecciones, que con frecuencia acaban con la vida de muchas sin que se les preste atención alguna) convierten su vida diaria en una constante lucha por la supervivencia. Cuando el empresario considera que es el momento de vender, un grupo de trabajadores entra en la nave y comienza a “embarcar” a los aterrorizados pájaros en camiones, camino del matadero. Ésta es la única vez en su vida que experimentarán sensaciones como el aire o el sol, aunque no se encuentran precisamente en condiciones de disfrutar de ello. Toda la etapa de transporte y sacrificio se desarrolla en medio de la más absoluta brutalidad. Las aves de corral tienen un nulo status moral en nuestra escala de valores, por lo que son tratadas como si fueran fardos. Desafortunadamente para ellas, cuando les llega el momento final son aún jóvenes, por lo que no es fácil que acaben muriendo antes de que un sistema de cuchillas les rebane  el cuello y sean inmediatamente introducidas en agua hirviendo cuando todavía estás vivas. De todas formas, la empresa asume como válido un cierto porcentaje de muertes, si al final las cuentas salen.

Acabarán en un merendero, formando parte de la oferta del mes: “pollo+cerveza+patatas fritas por sólo 6 ?”.

Otras aves


Por su número, los pollos y las gallinas son, sin duda, las aves que sufren una explotación más severa en nuestra sociedad. Sin embargo, los patos, las ocas o las codornices merecen también un recuerdo en este pasaje de los horrores.
patos
Especialmente cruel se muestra la industria del paté de foie, considerado un auténtico manjar por el que llegan a pagarse cifras ridículamente astronómicas, y cuya materia prima no es otra cosa que el hígado hipertrofiado de animales enfermos, cebados hasta la extenuación, y que, de no ser sacrificados, apenas tendrían posibilidad alguna de supervivencia.
Una vez comenzada la etapa de alimentación forzada intensiva, no hay descanso para ellos. La operación es simplemente brutal. El granjero sujeta al animal entre sus piernas, le abre la boca y le introduce sin más preámbulos un grueso tubo hasta el estómago. Y comienza a bombear la papilla en cantidad tal que a cualquiera de nosotros nos llevaría al servicio de urgencias, donde nos harían un rápido lavado de estómago. Entre toma y toma, los animales son sometidos a una restricción de movimientos absoluta, a fin de que quemen la menor cantidad de calorías posible. En pocas semanas, apenas pueden mantenerse en pié, con un hígado de proporciones monstruosas que ocupa buena parte de su cavidad torácica, oprimiendo al resto de órganos, incluyendo el corazón y los pulmones. En estas condiciones, lo mejor que le puede pasar a una oca es que acaben con su vida, dando por finalizada la tortura.

Peces


La gente no siente demasiada simpatía (ni, en consecuencia, empatía) por los peces, lo que hace que defender sus derechos se convierta casi siempre en motivo de mofa, incluso por parte de quienes pueden entender posturas a favor de los perros, de los osos panda e incluso de los toros.

Pero el hecho de que nos sintamos muy alejados de ellos emocionalmente no significa que sean seres insensibles. Por el contrario, están dotados de un sistema nervioso que, en general, cumple las mismas funciones biológicas que el de nosotros los mamíferos. Para un pez, su entorno natural es el agua, y la pesca comercial consiste en capturarlos vivos y sacarlos de ese ambiente. No hay razones para pensar que los efectos de tal agresión sean en ellos muy diferentes que en nosotros si nos meten la cabeza debajo del agua. La insoportable sensación de ahogo les debe resultar tan dolorosa a ellos como a nosotros en la situación descrita.
ballenas
Para la gente que se dedica a la pesca comercial, los peces no son seres individuales, sino la “cosecha” que el mar “nos ofrece”. Simplemente lanzan sus redes o sus cañas y esperan el momento de recoger el fruto de su trabajo. A partir de ese momento, el desconcertado pez trata de escapar de la red que ahora comparte con miles de compañeros, o tratará de zafarse del anzuelo que le rasga la garganta. Una vez en cubierta, los individuos de pequeño tamaño son directamente introducidos en las cámaras frigoríficas, donde se irán congelando hasta morir, pero antes tienen que soportar el peso de miles de otros peces que ahora forman una inmensa masa. Muchos mueren literalmente reventados. Y todos se asfixian lentamente por la falta del oxigeno acuático que ellos necesitan.
Los animales más grandes suelen ser capturados de manera individual, a veces por una cuestión de mera estrategia comercial y propagandística, como las merluzas. Los pescadores las suben a cubierta ayudados por garfios que les provocan grandes hemorragias, para ser más tarde golpeadas con palos, no tanto por cuestiones humanitarias, sino para que sus movimientos no entorpezcan la labor de quienes siguen sacando animales del agua. Lo normal es que los golpes recibidos no maten a los peces, sino que se limitan a romperles  la médula espinal, lo que hace que sigan conscientes durante largos periodos de tiempo.

Independientemente de que constituya el sustento diario para una parte importante de  la población mundial, la pesca comercial pasa por ser un crimen masivo de proporciones gigantescas, cuya dimensión no percibimos porque, entre otras razones, los peces no gritan.

Otros animales acuáticos


 La variedad de especies acuáticas que incorporamos a nuestra dieta es muy amplia. Además de los peces o de algunos mamíferos, todo tipo de crustáceos,  y otros seres de fisiología más “simple” como los moluscos, son víctimas de nuestras preferencias gastronómicas. Debido a que nuestra afinidad emocional para con ellos es inexistente, lo habitual es que comencemos a cocinarlos introduciéndolos en un recipiente de agua hirviendo. El hecho de que no tengan un sistema sensorial tan sofisticado como el nuestro (caso de que sea efectivamente así) no les convierte en insensibles, como lo demuestra el hecho de que muchos luchan desesperadamente por escapar de la cazuela que les abrasa. Antes del momento final, tienen que vivir, a veces durante meses, en un acuario que no responde ni de lejos a su ambiente natural, con sus únicas armas de defensa patéticamente inutilizadas por una cuerda, a fin de que el reducido espacio que tienen que compartir varios individuos no provoque enfrentamientos entre ellos y puedan herirse, con la consiguiente mala imagen que da en un restaurante una langosta con la pinza rota.

Nuevas “ofertas”


Que el consumo de animales como alimento no responde a cuestiones nutricionales, sino a otras de carácter consumista, lo demuestra el hecho de que, casi de manera constante, se introducen en el mercado nuevos y atractivos “productos” para mantener la atención de la clientela. Así, no es difícil encontrar en una población mediana lugares donde venden carne de ciervo, de jabalí, ancas de rana, o alimentos preparados a base de animales como tiburones. Estos “productos” siempre encuentran un sector social receptivo a nuevas experiencias, hasta el punto de que, principalmente en las grandes ciudades, existan restaurantes especializados en este tipo de extravagancias. Prácticamente no existe límite: arañas, serpientes, lagartos, canguros. Todo vale, si las autoridades sanitarias dan el visto bueno.
gorila
Se ha iniciado una tímida explotación comercial de algunos de estos animales(especialmente ciervos y avestruces), asumida por la administración como iniciativas originales para combatir el paro, y por tanto financiadas en parte con dinero público. Afortunadamente para los animales (si se puede hablar en estos términos), de momento se trata de explotaciones extensivas, lo que les permite una cierta libertad de movimientos, aunque el fin es el mismo. Pero, una vez más, no se trata de consideración hacia ellos, sino de la imposibilidad física de someterlos a otro régimen de cautiverio, debido a que su naturaleza asustadiza derivaría en un gran número de bajas y por lo tanto en pérdidas económicas.
Al menos en el País Vasco, es habitual que en las numerosas ferias de gastronomía callejeras que se celebran  a lo largo de todo el año, la empresa explotadora de carne de ciervo o avestruz acompañe sus productos con la exposición de animales vivos, usados como reclamo publicitario para el público. Los animales suelen permanecer en un estado de angustia extrema, juntos en un rincón, en un entorno claramente agresivo para ellos, con los niños metiéndoles palitos por las rejas metálicas para divertirse, y aguantando una música ensordecedora.

Incluir animales en nuestra dieta responde no tanto a una necesidad fisiológica como a la puesta en práctica de toda una ideología, que ve a los demás seres sintientes como simples recursos gastronómicos. Si había alguna duda al respecto, la inclusión en el mercado de nuevas especies ayuda, cuando menos, a despejarla.

Cerdos


A pesar de las atrocidades que cometemos con ellos, la imagen de un potro, un pollito o un cordero nos sigue transmitiendo una cierta ternura, hasta el punto de que son frecuentemente utilizados en campañas publicitarias, en las que quieren representar la inocencia y la fragilidad. Pero existen otros animales que sólo despiertan en la gente repugnancia y desprecio. Es el caso de los cerdos, a los que no vemos sino como el paso previo a la chuleta o al jamón. Estigmatizados hasta lo absurdo, son asumidos como animales sucios. Resulta cuando menos irritante que tal afirmación sea hecha por quienes hemos convertido este planeta en un apestoso vertedero. Pero la arrogancia humana no tiene límites.

En realidad, los cerdos no son peor tratados en el proceso de su explotación que otros animales de abasto, pero parece claro que, debido a su status de “animal-basura”, no serán los primeros en incorporarse a una hipotética esfera moral humana más amplia.
Como en el caso de otros seres destinados al sacrificio, toda su existencia pasa por algunas de las privaciones físicas y psíquicas más elementales. Salvo los contados casos de manejo al aire libre, las hembras destinadas a la procreación son obligadas a tener descendencia de manera constante, pero no se les permitirá que desarrollen su instinto natural de proteger y dirigir los pasos de sus pequeños, con los que tienen un vínculo afectivo muy estrecho, como mamíferos que son. A muchas madres se les limita el movimiento hasta el extremo de no tener otra opción de permanecer durante largas horas tumbadas sobre el mismo costado para permitir que los lechones mamen cuanto quieran y engorden lo más rápido posible. Ni siquiera puede defenderse de los mordiscos que a veces les propinan los pequeños, poco cuidadosos en la tarea de alimentarse.
Unos y otros serán transportados al matadero en viajes que a veces duran días, en unas condiciones dantescas, sin alimento sólido ni agua. Hablar de parar de vez en cuando a “estirar las patas” es, simplemente, humor negro. Hay que minimizar gastos a toda costa y, al fin y al cabo, lo único que importa es que lleguen a manos del matarife vivos, su estado más valioso. Con eso es suficiente.

Pero los cerdos serían perfectos animales de compañía si les diéramos la oportunidad. Y, de hecho, es lo que sucede en algunos casos, en los que ciudadanos han adoptado, por diferentes circunstancias, un cerdo como compañero. Por si alguien tiene dudas al respecto, les encanta que les rasquen la panza (¡a  quién no!), pasar sus buenos ratos al sol, o tomando baños en un riachuelo de aguas cristalinas. O en un fantástico charco de barro, como hacemos los humanos a veces por prescripción facultativa.
El trato que damos a los cerdos será juzgado algún día como una de las mayores atrocidades que el hombre haya cometido con los animales.

Perros, gatos, tortugas, insectos...


A la gente que habita en los llamados países occidentales, el hecho de que se críen perros para el consumo les parece una atrocidad. Y tienen razón. Es un absoluto crimen, pero no mayor que el que se comete a diario en sus países con terneros, pollos o cerdos. El caso es que, debido a la cercanía emocional que sentimos con los perros, las imágenes de sus cadáveres colgando de los ganchos de las carnicerías nos espanta. He aquí un buen ejemplo de discriminación afectiva entre unos animales y otros. De cualquier forma, las condiciones en las que se explotan y se sacrifican los perros son, simplemente, espantosas. En realidad, todos los animales de consumo en estas sociedades no conocen otra cosa que el infierno constante.
Los cachorros son metidos casi a presión en jaulas metálicas y expuestos en los mercados callejeros, donde deben soportar altas temperaturas. En algunas partes existe la creencia de que, si los animales son introducidos vivos en agua hirviendo, su carne será más tierna y digestiva.

De entre todas las diversas variantes de consumo animal “periférico”, probablemente sea el sacrificio de perros (o de gatos) el que más indignación despierta en la mayoría de la gente. Pero la lista no tiene fin. Hemos hecho protagonistas de nuestro plato a tortugas, arañas, serpientes, ranas, gusanos, caracoles, tigres, ballenas, monos, pelícanos... De hecho, resulta casi imposible identificar un grupo zoológico que no haya sufrido en alguna ocasión y por parte de alguna sociedad o cultura la aparentemente insaciable voracidad humana.

 
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VÍCTIMAS DE NUESTRO OCIO


Aunque los argumentos de quienes tratan de justificar realidades  como la vivisección a la utilización de los animales para alimentarnos  no resisten un análisis riguroso y objetivo, convencer a alguien para que cambie su dieta o para que se posicione contra la utilización de animales en la investigación médica no es una tarea precisamente fácil.
Pero la cuestión se vuelve muy preocupante desde un punto de vista  intelectual cuando lo que trata de preservar ese mismo alguien es la explotación, la agresión y/o la muerte pública de seres inocentes, con una capacidad de sufrimiento en general similar a la nuestra, y que son, además, inocentes totales. Es aquí donde la mezquindad humana muestra su lado más obsceno. Porque, a estas alturas, y teniendo en cuenta que pasamos parte de nuestra vida jactándonos de nuestra racionalidad, deberíamos haber rebasado al menos la línea de la compasión para con aquellos animales cuyo único destino  es servir a nuestro ocio más frívolo e innecesario. Pero, lamentablemente, no es así, como vamos a ver a continuación. Nos servimos de ellos en multitud de formas y variantes  lúdicas, que van desde mantenerlos secuestrados por el mero placer de observarlos, hasta permitir y fomentar su linchamiento público y elevarlo a la categoría de arte mayor.

CIRCOS


La mayoría de la gente no asocia el espectáculo del circo con el maltrato a los animales. El glamour que sus promotores tratan de transmitirnos desde la pista y los llamativos carteles publicitarios distorsionan nuestra percepción del mismo y nos hacen creer que los elefantes y leones a los que vemos actuar lo hacen por voluntad propia y que son felices en su trabajo.
Cuando los espectáculos circenses más famosos del mundo son precisamente aquellos en los que los únicos animales participantes son humanos (estos sí, por propia voluntad), muchos de estos decadentes negocios siguen basando buena parte de su propaganda estética en la presencia de animales. La agresión a éstos en los circos es doble. Por una parte, está la reclusión perpetua a la que son condenados, y que genera en ellos una permanente frustración y angustia. El régimen de confinamiento es mucho más severo que el que soportan los animales en los parques zoológicos. Aquí el espacio vital apenas les permite dar unos pasos, y ni que decir tiene que no tienen opción alguna de huir de la constante presencia humana. Por ejemplo, los felinos (siempre presentes en los circos) son muy celosos de su territorio y de sus familias. En un circo toda esta realidad emocional queda desde el principio destruida. Su predisposición a emparejarse y tener descendencia permanece impresa en su memoria genética, y por lo tanto está intacta. Sin embargo, su deseo sexual y afectivo se encuentra siempre cercenado, lo que constituye para ellos un auténtico tormento, máxime cuando huelen a las hembras en celo a apenas unos metros.

rino
A los osos se les coloca un incómodo bozal nada más salir del escenario, y los elefantes permanecen su vida encadenados por una pata, viéndose obligados a dormir de pie unos junto a otros en apestosos camiones. Mientras que los elefantes, en su medio natural, viven una media de unos 70 años, los de los circos mueren con apenas 14 ó 15 años. A los felinos y a los osos se les suelen extirpar las garras para que no resulten peligrosos para su dominador. La experiencia vital de las cebras, los dromedarios, y en general cualquier animal utilizado en los circos, está muy alejada de la vida rica en sensaciones que produce la libertad de movimientos.  La variedad de especies de que se nutre el circo es ilimitada. No debemos olvidar que se trata de un mero negocio, donde los beneficios finales priman sobre cualquier otro aspecto. No es difícil ver cómo estos deleznables espectáculos se sirven de seres híbridos (un animal mitad león mitad tigre, por ejemplo), o animales acuáticos, como tiburones. Es fácil imaginar la tortura que supone para las víctimas. Individuos acostumbrados a recorrer diariamente varios kilómetros, se ven obligados a vivir en un entorno extremadamente limitado donde apenas pueden darse la vuelta.

Los animales sufren en esta versión del entretenimiento humano (circo) una doble agresión. Efectivamente, al hecho del traumatismo emocional que supone la reclusión perpetua, se añade aquí la inducción a comportamientos que no tienen significado natural alguno para ellos. Contra la opinión ingenua de muchos ciudadanos, no se consigue que un elefante de vueltas sobre un taburete de apenas un metro cuadrado con largas conversaciones entre domador y animal, sino a base de golpes, privación de alimentos y descargas eléctricas. Estas brutales agresiones constituyen las técnicas de adiestramiento habituales, tal y como han reconocido algunos domadores. Los animales deben incluso “trabajar” aunque se encuentren enfermos o deprimidos. Nadie defiende sus “derechos laborales”. Todo se desarrolla en un contexto de intimidación constante, de gritos, de garrotes en lo alto mientras los aterrorizados animales cierran los ojos, de amenazas cuyo único objetivo es que las víctimas no olviden en ningún momento “quién manda”. Se anula psíquicamente a los machos (en libertad individuos dominantes y responsables de clanes familiares), se condena a vivir en un mínimo espacio a seres acostumbrados a un hábitat natural compuesto de inmensos parajes. Su vida sexual y, en general, todas sus necesidades instintivas, quedan frustradas para siempre. Los circos convierten sus vidas en una experiencia miserable.
Los aplausos del público no motivan ni hacen ninguna gracia a unos animales que no han elegido este tipo de vida y que no disfrutan en absoluto de la magia del circo, sino que han sido obligados a convertirse en atracciones de feria. En muchos casos son arrancados de su ambiente natural cuando son todavía unos cachorros, en otros son excedentes de zoológicos que acaban malvendidos a quien todavía está dispuesto a “exprimirles” un poco más antes de que mueran anónimamente. Algunos circos han incorporado recientemente una nueva sección a la que denominan zoológico, compuesta por auténticos “animales-desecho”. Seres decrépitos que ya no pueden salir a la pista por  su edad, u otros con taras físicas y psíquicas, verdaderos “subproductos” de otras áreas de explotación animal.
Los animales de los circos pasan la mayor parte de sus vidas encadenados y en jaulas, suelen estar mal alimentados, se les arrastra de ciudad en ciudad durante todos los meses del año, y son obligados a realizar números peligrosos que los degradan a la categoría de bufones. A ningún animal le gusta acercarse al fuego, bailar alrededor de la pista o hacer equilibrios sobre dos patas en superficies minúsculas.     
Resulta paradójico que los espectáculos circenses de más éxito en la actualidad son precisamente aquellos que no incluyen animales en sus números. Incluso algunas asociaciones regionales europeas prohiben en sus estatutos la utilización de cualquier tipo de animal.

PARQUES ACUÁTICOS

delfin 

De la misma forma que los zoos tienen su versión “líquida” (los acuarium), los circos compiten con espectáculos basados en la misma concepción (obligar a determinados animales a actuar de manera absurda), solo que en el agua: son los llamados “parques acuáticos”. En ellos los protagonistas son tan víctimas como puedan serlo los leones o los elefantes. Se eligen los animales en función del juego que puedan dar ante el público, previamente condicionado por los medios de comunicación y por la publicidad cinematográfica. Cabe destacar que pertenecen a algunas de las especies consideradas como más inteligentes (orcas, delfines, focas), lo que significa que son capaces de experimentar una gama de sufrimiento psíquico mayor que otros. Los entrenamientos, como no puede ser de otra forma, están orientados a anular sus deseos, y a responder de manera automática a los del entrenador. La asociación “ok=comida” acaba siendo para ellos el único referente válido. ¿Nos hemos preguntado alguna vez qué sucede con aquellos individuos que no responden a las expectativas comerciales que se espera de ellos? Simplemente son retirados del circuito y malvendidos al primer zoo cutre que pague algo por ellos. Allí languidecerán hasta morir. O, simplemente, serán sacrificados a falta de otra alternativa económica mejor.


La riqueza ambiental que se ofrece a los animales-actores de los parques acuáticos apenas consigue ser una burda imitación de su medio natural. Animales gregarios y con una gran complejidad mental, como las orcas o los delfines, no tienen otra opción que la de dar millones de vueltas a un tanque de agua. No es de extrañar que se hayan detectado cuadros depresivos severos en muchos individuos, lo que les lleva en un momento dado a mostrar una conducta calificada por los humanos como “agresiva”, cuando en realidad no se trata nada más que de pura y simple autodefensa. Es entonces cuando la noticia sale en los periódicos, alimentando la leyenda de las ballenas asesinas, y pasando por alto la evidencia de la agresión a la que les someten sus explotadores y la responsabilidad de quienes pagan para que el espectáculo continúe.

ZOOLÓGICOS


Pasar una mañana de domingo en el zoo siempre es una buena alternativa de ocio. Observar a los animales resulta relajante y hasta educativo para los niños. ¿Qué puede tener de malo un zoológico o una reserva de animales? Sus cuidadores se ocupan de ellos y son los primeros interesados en que gocen de un cierto bienestar.
Pero la realidad no es tan amable, cosa que descubrimos en cuanto hurgamos un poco en la realidad de este fenómeno.

La cruda realidad es que los acuarios y los zoológicos son cárceles de animales, donde los humanos los mantenemos recluidos con el único objeto de convertir su observación en un negocio rentable. Como en cualquier otra forma de exhibición, en todo momento están condicionados a la rentabilidad del negocio. Hay que hacerse con una buena “colección “ de animales, por lo que vale más pasarse que quedarse corto. Si resulta que luego tenemos que deshacernos de alguna partida de “material”, no hay problema, se lleva a cabo y punto. Y si no, una rápida transacción entre centros similares. Siempre hay alguien dispuesto a pagar algo, por poco que sea, para llevárselos y tratar de exhibirlos durante unos meses más. Las colecciones de animales que  van con muchos circos se nutren de este tipo de “excedentes”.
leon
Uno de los argumentos más inconsistentes utilizado por quienes tratan de legitimar los zoos pasa por defender la idea de que resultan educativos. Hoy, la etiqueta “educativo” te abre las puertas de casi todo. Y el hecho de que la gente no esté dispuesta a plantearse un estilo de vida más respetuoso hace el resto. Como mínimo, deberíamos asumir que algo es educativo (en el sentido positivo del término) sólo cuando ofrece una información veraz. No es precisamente el caso de los zoológicos, donde, al lado del león (predador) colocan a los antílopes (presa), vecinos a su vez de los osos polares, con los que, en la naturaleza, ni siquiera comparten continente.
En el plano educativo, sin duda el aspecto más devastador lo constituye el hecho de que se transmite a los niños y niñas la idea de que los animales, y en general la naturaleza, están ahí para uso y disfrute de los seres humanos, constituyendo una especie de despensa a la que podemos acudir cuando nos plazca. Si alguien es educado sobre esta colección de ideas y pensamientos, será muy difícil que se dé una rectificación a lo largo de su vida.

Uno de los mayores problemas que padecen los animales en cautiverio es el aburrimiento. Puede parecer una tontería, pero no saber qué hacer en todo el día es capaz de llegar a matarte (es, de hecho,  lo que les pasa a muchas personas de naturaleza ociosa cuando se jubilan). Así, en los centros de reclusión forzosa a los que denominamos eufemísticamente “recintos zoológicos”, muchos residentes acaban desarrollando cuadros de ansiedad severa, que somatizan mediante comportamientos aberrantes, como ingerir sus propias heces, intentar mantener relaciones sexuales continuas, o episodios de agresividad hacia sus familiares.

Salvo en los excepcionales casos de algunos individuos-estrella, los zoológicos están concebidos como un todo, un conjunto faunístico global, lo que no ayuda a identificar individuos. Este hecho facilita a sus promotores la poco conocida (pero constante) transacción de animales, que entran y salen sin que el público lo perciba, y por lo tanto sin poder seguir la pista a éste o a aquel animal que  parecía tan decaído. Siguiendo la filosofía mercantilista que sustenta todo negocio, cuando un animal en concreto no consigue adaptarse al artificial medio que se le ofrece, se procede a su “retiro” sin más contemplaciones. Nadie notará su ausencia, pues hemos sido educados para verlos no como a seres con intereses individuales, sino como a una colección.

AQUARIUMS


Los bautizados con el sugerente nombre de “aquarium” no son sino una nueva versión del pack de animales que representan los conocidos zoológicos. Probablemente la publicidad más eficaz de estos centros consiste en transmitir la idea de que los animales están en su medio natural, el agua. Este mensaje es, evidentemente, tosco por simplista, pero sirve cuando va dirigido a una sociedad consumista que no repara en el precio que deben pagar los animales recluidos en los tanques de agua. ¿Cuál es, realmente, este precio?

Si, como en el caso de los animales terrestres en cautividad, la gente tiende a no identificar a éstos  de forma individual, tal circunstancia se agudiza cuando se trata de animales como los peces, con los que no hemos desarrollado una especial afinidad, por lo que su explotación permite a quienes la llevan a cabo un mayor margen de acción, a sabiendas que casi nadie (salvo cuatro locos animalistas) van a adoptar una postura condenatoria hacia su negocio. En el caso de los macroacuarios, tan en boga últimamente, la práctica totalidad de sus huéspedes han sido literalmente raptados de su auténtico hogar para ser conducidos a un centro de reclusión del que no saldrán jamás. No es fácil recrear con éxito un medio tan particular como el acuático para satisfacer a seres tan dispares como tiburones, rayas, estrellas de mar o pulpos. Pero con frecuencia todos acaban en el mismo recipiente, al objeto de ofrecer a los visitantes una visión atractiva y cuasi fantasiosa del medio marino. Los tiburones, por ejemplo, nunca comen por sí solos. Su alimentación se concibe como un número de cara al público, con buceadores que supuestamente se juegan la vida en tan arriesgada labor. Así, no sólo se engaña al público introduciendo elementos novelescos en el acto de alimentar a los animales, sino que se refuerza la imagen de los tiburones como seres despiadados cuyo mayor placer consiste en engullir tiernos humanos. Pretender hacernos creer que una visita al acuario es educativa en algún grado constituye todo un desafío al sentido común.

De igual manera, no debemos olvidar que, en todas aquellas situaciones en las que se mantienen animales cautivos, éstos se hallan bajo una dependencia absoluta hacia sus carceleros. Cualquier circunstancia anómala repercutirá directa e inmediatamente en sus vidas y en su bienestar. Cuando el negocio no marcha todo lo bien que sería de desear, cuando la relación entre socios se deteriora, o cuando el responsable muere repentinamente, los animales son siempre los que más pierden. Acaban siendo malvendidos o incluso abandonados a su suerte hasta que mueren de inanición. No hay salida para estos pobres animales. Los zoos rebosan de “mercancía”, y la mayoría de negocios similares no están dispuestos a asumir una partida nueva que no habían previsto. Este tipo de tragedias se produce con mayor asiduidad de lo que la gente cree, tal y como recogen los medios de comunicación.

ESPECTÁCULOS CON TOROS

 
Las corridas de toros “oficiales” no son sino la parte  intelectualmente más vendible a la sociedad. En realidad, se trata  de la punta del iceberg de toda una realidad que apenas tiene repercusión en los grandes medios informativos, salvo cuando se produce alguno de los llamados “accidentes”, en los que un humano sufre algún percance. Una infinidad de espectáculos callejeros convierten a vaquillas, novillos y demás seres bovinos en el centro de diversión de una muchedumbre enloquecida y éticamente anestesiada.
toro
Si bien numéricamente el montante de los animales utilizados no representa una gran porción respecto al total, se debe subrayar el carácter simbólico de estos linchamientos, en la medida en que son permitidos y auspiciados por la administración, que en muchos lugares los incluye en sus folletos turísticos como una razón más para venderse a posibles visitantes. La etiqueta de “acto cultural” ejerce un poderoso blindaje publicitario ante posibles críticas, y que los convierten en expresiones populares intocables.

Las corridas de toros se han convertido en emblema de toda una cultura, y de obscena peregrinación de toda clase de intelectuales y mandatarios. Los toros son por naturaleza seres huidizos, que sólo adoptan una postura de ataque si se ven acorralados. El entorno de la corrida resulta claramente agresivo para ellos. En realidad, la tortura ha comenzado cuando el camión de transporte les separa unos días antes (semanas en el caso de que tengan que realizar un viaje transoceánico) del único mundo que conocen, la dehesa, en la que conocen a la perfección los abrevaderos, los árboles y hasta los mayorales, de cuya mano comen sumisos. Horas de traqueteo en el transporte hace que pierdan kilos de peso. Se han dado incluso casos de muerte por colapso. El animal sale a la plaza tratando de defenderse de toda esa agresión incomprensible. La supuesta lucha entre hombre y animal queda reducida a una patética y adulterada escenificación. En los próximos veinte minutos serán clavados en cuerpo del animal todo tipo de artilugios metálicos, desde el arpón de la divisa hasta el estoque. Así, un animal vigoroso (a pesar de la manipulación fraudulenta a la que ha sido sometido) acaba convertido en un guiñapo sanguinolento muerto de sed por las hemorragias, vomitando babas y mocos, que sólo desea retirarse al burladero a descansar.

Las corridas de toros merecen, en un plano moral, una condena al menos tan contundente como el ahorcamiento público de ladrones o la mutilación genital femenina, y su defensa a ultranza por parte de los poderes establecidos no hacen sino convertirlas en auténticos crímenes de estado.

OTROS LINCHAMIENTOS PÚBLICOS


Muchas de las celebraciones que llevamos a cabo los humanos no merecerían ser calificadas de “fiestas”, por estar basadas en la agresión y muchas veces en la muerte de inocentes. Lo que para nosotros es una celebración, para ellos se convierte en un burdo linchamiento.

Al tratar el tema de la utilización de animales en espectáculos y celebraciones públicas nos enfrentamos a uno de los aspectos más preocupantes del comportamiento humano, en la medida en que, quienes participan de estos eventos (bien como ejecutores, bien como testigos cómplices) observan todo el proceso agresivo a las víctimas, cómo se les golpea, cómo se les introducen objetos punzantes en el cuerpo, cómo se les mutila y, muchas veces, cómo se les ejecuta. Es de esperar que tal comportamiento sea juzgado algún día como una de las patologías propias de la perversa naturaleza humana.

cabra
Pero a día de hoy el número de festejos en los que se acosa, tortura y/o mata animales en celebraciones públicas es extraordinario. En el Estado español, el ganado bovino es, con diferencia, el que se lleva la peor parte. La edad de los animales empleados va desde unos meses (auténticos cachorritos que lo único que quieren es volver con su madre), en celebraciones especialmente destinadas al público infantil, inculcándoles así esa cultura desde jóvenes, hasta aquellos en los que los animales participantes son perfectamente adultos y que, ante la falta de fiereza requerida por actos de mayor categoría, se venden a  bajo precio a los pueblos en fiestas. Los aterrorizados protagonistas son increpados de manera constante por una multitud embrutecida, en encierros que duran a veces hasta varias horas, y que por lo general terminan con la muerte del animal, mediante un disparo en la cabeza o una estocada. En algunos lugares el público lanza durante el espectáculo sobre el cuerpo del animal dardos u otros objetos punzantes, o trata de atravesar su cuerpo con una lanza medieval. Todo vale si es adecuadamente vendido como cultura y tradición.
Las vaquillas que van de pueblo en pueblo acaban destrozadas. En algunas ocasiones se les ata una cuerda al cuello para que los aguerridos participantes tiren de ella cuando existe algún peligro. Esto provoca abrasiones en la piel del animal, pero con que aguante la temporada festiva, se rentabiliza la inversión.

Casi ningún animal escapa a la locura colectiva de la fiesta local. Se cuelga boca abajo a una hilera de gallinas, para tratar de decapitarlas con un sable desde un caballo. Se apedrean conejos y gallinas enterradas en el suelo. Se lanzan cabras desde el campanario de la iglesia, se utilizan burros para representar el escarnio público hacia personajes cuya verdadera historia los lugareños ni conocen. Todo ello con la consiguiente cobertura moral de ayuntamientos y gobiernos regionales, que financian con el erario público estos linchamientos sumarios.

CARRERAS DE ANIMALES


¿Por qué corren los caballos y los galgos en las carreras de apuestas? Ésta es la pregunta que deberíamos hacernos cuando nos venden estos espectáculos como representaciones inocuas en las que los animales incluso disfrutan dando rienda suelta a su naturaleza. Es cierto que unos y otros corren si se les da la oportunidad (y les apetece), pero lanzarse a la carrera abierta durante kilómetros al lado de otros compañeros, debería ser calificado, cuando menos, de absurdo. Pero no lo es tanto si obtenemos la información precisa sobre el estilo de vida que llevan los animales cuando no están sobre la pista. Una vida espartana, sin apenas salir de la cuadra o del canil que se les ha asignado. Todo está orientado a que, el día de la carrera y al abrirse el portón, se produzca una explosión psíquica  (y muscular) que les obligue a comenzar a correr de manera alocada a no se sabe dónde. Porque ellos no tienen la más remota idea de las razones que les llevan a comportarse así. Simplemente no pueden evitarlo.

caballo
El grado de exigencia hacia los animales es tal, que no resultan extraordinarios los accidentes o las lesiones musculares. Y, en un entorno tan competitivo, o se está perfectamente o no se está. Un animal de competición en inferioridad de condiciones no tiene ningún valor, y está condenado a lo peor.

Además, el montante de dinero que se mueve alrededor de las carreras profesionales de galgos y caballos es tal, que el nivel de competitividad no permite muchos fallos seguidos. Hay que rentabilizar la inversión, y procurar una vida placentera a alguien que te ha costado una fortuna pero que no está dando los resultados apetecidos es, en términos comerciales, algo estúpido.  Tampoco aquí nos solemos preguntar qué sucede con los animales lesionados o demasiado viejos para competir con garantías. Ser destinado para semental no es la peor opción, aunque la mayoría son sacrificados sin más, cuando no donados a una empresa farmacéutica para  investigación.

Aunque las competiciones entre animales más populares y conocidas son las de caballos (en todas sus variantes) y de perros, existen otras  como las de camellos, e incluso algunas que pertenecen más al mundo de la extravagancia que al de los negocios. Así, en algunas partes del mundo se han popularizado en los últimos años las competiciones con avestruces, con ranas y hasta con caracoles. Todas ellas están conceptualmente basadas en la idea de los animales como objetos a nuestra disposición, por lo que no resulta extraño que la mofa y la ironía formen parte de muchas de estas situaciones.

Una variante a las carreras de animales lo constituyen algunos espectáculos deportivos por equipos. La práctica del polo, con caballos, o partidos de fútbol sobre elefantes o camellos son algunos ejemplos de utilización abusiva de los animales.

CAZA Y PESCA DEPORTIVA


Una de las escenificaciones más groseras que los seres humanos hacemos de nuestra arrogancia se produce cuando tratamos de legitimar la matanza de animales bajo el pretexto de la gestión natural y del equilibrio ecológico. Esto nos invita a pensar que el planeta debía ser un absoluto caos antes de que el primer hombre o mujer tuviera a bien poner un poco de orden.
conejos
Pero la realidad se muestra mucho más prosaica. En la actualidad, quienes practican la caza y la pesca como modalidad deportiva lo hacen por diversión. Defender otra cosa es, simplemente, un desafío a la lógica. Efectivamente, existen suficientes evidencias como para pensar otra cosa. En primer lugar, parece claro que la naturaleza tiene sus propios mecanismos de autorregulación (los tenía incluso antes de que el ser humano irrumpiera en ella) y que, en todo caso, si puede existir alguna situación puntual de severo desequilibrio, son los propios hombres y mujeres quienes la han originado. Siendo nosotros los principales responsables, convertir a cientos de millones de animales cada año en diana de nuestro ocio es, directamente, un crimen inaceptable.

La violencia de la caza y la pesca no sólo afecta a las víctimas a las que directamente se mata. También aquí cabría hablar de “efectos colaterales”. Son los animales a los que se deja heridos, cuyas heridas se acaban infectando y hace que mueran de gangrena, de inanición o directamente del colapso provocado por el estrés del momento. En algunos casos, la agonía puede durar varios días. En el caso de los peces que se escapan del anzuelo (o que son liberados en la absurda modalidad denominada “pesca sin muerte”), las heridas provocadas en la cavidad bucal son de tal calibre, que casi siempre quedan graves secuelas si consiguen sobrevivir. La muerte de los animales puede dejar huérfanos, o viudos y viudas. Porque el emparejamiento perpetuo no es algo privativo de los humanos.

Todo este cúmulo de evidencias debería mostrarse como suficiente para echar abajo el argumento legitimador del equilibrio natural. Pero existen otras poderosas razones para desenmascarar este crimen organizado. En primer lugar, parece lógico pensar que, dado que la práctica cinegética causa grandes dosis de dolor a una cantidad inmensa de seres (extremo que ni los propios practicantes niegan), debería ser asumida como un deber desagradable, reservado tal vez a profesionales pagados por la administración, y no concebida como una juerga dominguera a la que todo el mundo se puede apuntar. Y, en la misma línea argumental, los propios cazadores y pescadores deberían criticar abiertamente la cría deliberada de animales (palomas, faisanes, truchas) para su suelta y persecución.  Ni el vergonzoso tiro al pichón merece crítica alguna por parte del citado colectivo. Así las cosas, seguir apoyándose en el manido argumento gestor supone, cuando menos, tomar por incapaces mentales a quienes forman parte de la sociedad no cazadora/pescadora.

PELEAS ORGANIZADAS


Entre los animales (incluido el humano), una cierta confrontación física ocasional desempeña algunas funciones sociales que tratan de paliar males mayores. Tales enfrentamientos tienen sus límites, y raras veces acaban con consecuencias fatales.  Pero que alguien que se denomina a sí mismo racional provoque deliberadamente una lucha cruenta entre individuos, en una escenificación siniestra, a veces incluso con apuestas por medio, nos mete de lleno en el terreno de la patología criminal.
Aunque se siguen celebrando de forma clandestina, las peleas entre animales provocadas por el hombre están prohibidas por la legislación de numerosos países, pero en otros existe un vacío legal que permite a sus promotores seguir con este entretenimiento sangriento. Los animales más utilizados son los perros, tal vez porque, debido a nuestra estrecha familiaridad, sabemos cómo condicionarlos para conseguir de ellos casi cualquier cosa, por aberrante que sea.  Pero las variantes son casi infinitas. Se  lanza a perros adiestrados para el ataque contra osos atados, y a los que se ha  arrancado previamente la dentadura, con el único fin de “equilibrar” la contienda y ofrecer al público un espectáculo más atractivo y emocionante. O, como espectáculo complementario de algunos zoológicos, se suelta una vaca en un foso de leones hambrientos, haciendo las delicias de los espectadores, que contemplan la masacre comiendo palomitas de maíz.

 

 
Animales en el laboratorio Imprimir E-Mail

Entre todas las áreas de explotación de las que son víctimas los animales por parte del hombre, probablemente es la de la investigación la que genera más controversia, incluso dentro del propio movimiento animalista, al ser presentada por quienes la justifican como “un mal necesario”, en la medida en que resulta supuestamente imprescindible para el avance del conocimiento médico, y por tanto para el bienestar humano.

Tanto es así, que mucha gente, incluso ajena a la filosofía animalista, asumiría que la prohibición de los zoos, la industria peletera, las corridas de toros o las carreras de galgos no afectaría en gran medida a nuestro bienestar, y que por tanto podríamos prescindir de esas “ofertas” de entretenimiento y lujo. Pero, ¿qué sucede con la vivisección? ¿Tenemos que aceptar el trabajo de los investigadores como un deber desagradable pero necesario para nuestra salud? Lo cierto es que, ante este dilema, podemos adoptar una postura dócil y acrítica ante los mensajes amenazantes y al mismo tiempo esperanzadores  de la industria de la experimentación, o analizar el fenómeno de manera global y mas reflexiva.

conejo
El primer error que suele cometer la opinión pública a la hora de abordar esta compleja realidad consiste en creer que la experimentación con animales tiene lugar única y exclusivamente en el área de la medicina y la farmacología, asociando inmediatamente estos campos al bienestar humano. Pero la cruda realidad nos muestra que una parte significativa de los experimentos dolorosos con animales de laboratorio se llevan a cabo en campos de trabajo como el militar, el espacial, el de la cosmética o el industrial. Hacer sufrir y matar a caballos para probar armas químicas y biológicas que posteriormente serán utilizadas para esos mismos fines en seres humanos resulta simplemente perverso. Someter a monos a crueles pruebas de descompresión para enviarlos al espacio, irritar deliberadamente los ojos de conejos con sustancias corrosivas, o envenenar ratas obligándolas a ingerir grandes dosis de aditivos alimenticios, son actos depravados difíciles de justificar, y tras los cuales se ocultan grandes intereses económicos. No es necesario poner demasiado énfasis para convencer a la gente de la inutilidad de estas prácticas.

Las firmas que intoxican cobayas hasta matarlos, nos dicen que lo hacen por nuestra seguridad, para evaluar el grado de toxicidad de determinados productos. Sin embargo, por muchas pruebas que se hayan hecho antes con animales, a nadie en su sano juicio se le ocurriría tomarse “una copita de lavavajillas”. Su sentido común le dicta que se trata de una sustancia claramente nociva, sin que a esta conclusión se llegue después de saber que antes de hacernos daño a nosotros se lo ha hecho a miles de animales. Siguiendo la misma lógica, obligar a seres indefensos a tragar grandes cantidades de champú no impide que se nos irriten los ojos si, en un descuido, los dejamos abiertos mientras nos duchamos. Entonces, ¿de qué sirve hacer sufrir a tantos seres sensibles si al final no obtenemos ningún beneficio claro? Y aunque así fuera, ¿realmente nos sentimos legitimados para infligir enormes cantidades de dolor a animales que, como nosotros, son capaces de sufrir, tan solo por una barra de labios?

Argumentar que toda esta locura se sustenta sobre todo en fuertes intereses económicos puede parecer en exceso simplista, pero si a ello añadimos el hecho de que, por lo general, los investigadores pertenecen a ese inmenso sector social que considera a los animales como meros instrumentos, el resultado no debería sorprendernos.


Pero incluso cuando entramos en el terreno de la investigación médica, en apariencia menos reprochable, nos encontramos con numerosas situaciones tan absurdas como obscenas. Las pruebas sobre drogodependencias o las que se realizan en el campo de la psicología son tan sólo algunos de los ejemplos más inmorales. ¿Qué información podemos obtener de convertir roedores sanos en alcohólicos, o de obligar a monos a inhalar humo hasta provocarles cáncer, que no obtengamos de la ingente cantidad de datos que nos ofrecen a diario los miles de personas aquejadas de estas dolencias en la consulta del doctor? ¿Qué nos puede enseñar el hecho de inducir conscientemente a la depresión a un bebé mandril al que se le separa de la madre a los pocos días? ¿Acaso no hay ya suficientes enfermos mentales humanos de los que obtener conocimientos realmente valiosos? Estas realidades son tan delirantes y perversas como parecen.

mono
Vemos, por lo tanto, que, en buena medida, las pruebas dolorosas con animales se llevan a cabo en campos que no aportan nada al bienestar humano. Si los recursos económicos, humanos y logísticos empleados en estos campos de investigación se orientasen a conseguir un sistema sanitario más humanizado, en el que prevaleciera la prevención ante la mera terapéutica, probablemente los resultados serían mucho más satisfactorios.


Vemos como tan solo una parte, y no la mas importante, de toda la utilización de animales no humanos en experimentos, tiene lugar en campos que podrían estar en teoría justificada éticamente. ¿Realmente lo está?


Como otros muchos fenómenos de violencia humana unilateral, este puede abordarse desde un prisma ético o científico-técnico. Si bien, en pura teoría, podemos hacerlo exclusivamente desde éste último, los animalistas creemos que tener en cuenta el primero es no solo imprescindible, sino prioritario.

Entre otras muchas, la ideología animalista se inspira en la idea de que no existe lo que podríamos llamar un sufrimiento “humano” y otro “animal”. Tan sólo existe el sufrimiento, la terrible experiencia del dolor. Y esta percepción resulta tan indeseable para unos como para otros. Aquí la especie poco tiene que ver. Aceptando este hecho como incuestionable, sería justo considerar por nuestra parte el mismo grado de padecimiento como igual de indeseable independientemente de la especie biológica a la que pertenezca el individuo que lo sufra. Aceptar como más deseable el dolor de un conejo que el de un ser humano, es tan injusto como aceptar lo mismo entre personas negras y blancas, niños y adultos, pobres y ricos, o mujeres y varones. Podemos poner en práctica la discriminación que deseemos, pero cualquiera de ellas responderá a una severa injusticia. Por ello, entendemos que, analizado moralmente, la salud y el bienestar individual es tan importante para nosotros como pueda serlo para un perro, un pez, o una rana. No debemos olvidar que, aún en el hipotético caso de una cierta eficacia de la vivisección, estaríamos ante un mero intercambio de “dolor por dolor”.


Pasando al terreno de lo científico-técnico, y prescindiendo de cuestiones ético-morales, incluso el más entusiasta vivisector aceptará como válida la teoría de que, si queremos obtener datos realmente significativos sobre una enfermedad concreta, deberemos estudiar los modelos más próximos al hecho que nos interesa. Esperar obtener informaciones válidas de inocular artificialmente cáncer de próstata a mujeres queriendo averiguar algo con lo que poder curar esta dolencia en los hombres, es tan absurdo como anticientífico.

Las variables que entran en juego en el desarrollo de una patología son extraordinariamente numerosos, e incluyen factores ambientales, sociales, y en gran medida individuales, de manera que, ante una situación en apariencia idéntica, los resultados son muy diferentes, cosa que ya sabíamos porque todos conocemos personas ancianas fumadoras que gozan de excelente salud, mientras que otras fallecen de cáncer de pulmón en plena juventud por la sencilla razón de que no a todos influye de la misma manera el tabaco.


Conviene recordar que la mayoría de las pruebas llevadas a cabo en modelos animales consisten en recrear situaciones. Efectivamente, las enfermedades que desarrollan éstos  en los laboratorios son inoculadas por humanos deliberada y artificialmente a individuos en principio sanos, a pesar de que la dolencia original humana se desarrolló durante décadas en condiciones que nada tienen que ver con los modelos experimentales. La diferencia interespecífica resulta casi siempre insalvable, de tal forma que una sustancia inocua, como lo demuestran los ejemplos tantas veces repetidos de numerosos compuestos beneficiosos  para nosotros, y que, sin embargo, resultan mortales para los gatos. U otras, que utilizamos como tranquilizantes, a ellos les excitan.

 

Aunque, sin duda, el fenómeno es mucho más complejo, puesto que en él intervienen factores económicos, culturales y políticos, se puede afirmar que la vivisección es hoy un fraude científico a gran escala y una aberración ética inaceptable. Su justificación teórica se sustenta sobre la creencia de que sólo poniéndola en práctica mejoraremos nuestro grado de bienestar. Pero el secreto de la buena salud no está tanto en los asépticos laboratorios, sino en aplicar un elemental sentido de la responsabilidad personal, y en utilizar de forma eficaz toda la información obtenida de la observación y la experiencia de siglos, que no requieren además el sufrimiento de seres inocentes. De toda esta evidencia  son perfectos conocedores los científicos y la administración que garantiza sus sueldos, pero la cerrazón, los prejuicios ideológicos y los intereses de todo tipo constituyen un pesado lastre para los derechos de los animales.

 

Como complemento a toda esta realidad, no está de más recordar que tan sólo una pequeña parte de los medicamentos comercializados (tras causar un gran daño a seres inocentes) son realmente importantes para nosotros. Y la realidad es tozuda respecto a las causas de la mayoría de nuestros problemas de salud: unos hábitos de vida incorrectos, que además sabemos como corregir. Una alimentación mas racional, hacer ejercicio regular, evitar el estrés, no ingerir sustancias nocivas conscientemente y otros pequeños secretos por todos conocidos, son más efectivos que cualquier otra cosa. Sirva como ejemplo especialmente revelador que el tabaquismo causa más sufrimiento y número de muertes que el SIDA o que muchos  tipos de cáncer, dolencias que son utilizadas como excusa propagandística por los valedores de la vivisección


Tras conocer estas evidencias, resulta cuando menos egoísta e injusto que queramos obtener lo mejor de nuestros vicios y actitudes irresponsables, mientras involucramos paralelamente a seres inocentes para tratar de contrarrestar los efectos nocivos de nuestra conducta.

 
La industria peletera Imprimir E-Mail

Hubo un tiempo en el que resultaba imprescindible causar daño a los animales para obtener algunas cosas de ellos, entre otras su piel. Se trataba de un mero ejercicio de autodefensa. Pero se trata de épocas muy lejanas, que nos retrotraen a escenas prehistóricas. Nuestro sentido de la ética debería habernos hecho entender que vestir la piel de otros pertenece a capítulos superados de nuestra historia evolutiva. Pero el egoísmo propio de nuestra especie aflora de nuevo para hacer de la industria peletera un negocio que sólo consigue satisfacer la vanidad de quienes visten el producto resultante.


Cuando desde el discurso animalista se hace referencia a la industria de las pieles, por lo general se entiende que se trata del negocio de las llamadas “pieles finas” o “de lujo”, es decir, aquellas cuya adquisición responde más a un consumo caprichoso que a verdaderas necesidades de primer orden, como puede ser el hecho en sí de proteger nuestros cuerpos con prendas de abrigo. Sin embargo, parece claro que la piel de los terneros  o de las cabras, o la lana de las ovejas, tiene para ellos la misma función que para visones o armiños, por lo que resulta plausible la postura de quienes rehusan utilizar todo tipo de prendas de origen animal. Siendo así, tampoco debemos olvidar que, en el caso de las pieles que provienen del matadero, el factor limitante no es tanto la piel (considerada como un subproducto cuyo valor económico supone  aproximadamente un 15% del total) sino el boicot a la carne.
La industria de las pieles de lujo está concebida para obtener como producto final la piel de los animales explotados, objeto de gran valor en el mercado de las vanidades, lo que convierte a este negocio en algo éticamente sucio.
foca
Los animales que nutren la demanda provienen principalmente de dos fuentes: o bien del entorno natural, o de granjas específicamente diseñadas para el manejo  y sacrificio de los animales.
A pesar de que la propaganda peletera muestra especial interés en que la gente crea que no se capturan animales en libertad, lo cierto es que cada año varios millones de ellos caen en trampas de todo tipo, que les provocan unos sufrimientos atroces. Hasta no hace muchos años, la piel proveniente de este tipo de capturas engrosaba una buena parte del mercado, con lo que no resulta fácil resistirse a perder tan suculento negocio. Por ello, siempre se encuentran las vías adecuadas para introducir en el circuito grandes partidas de pieles cuyos legítimos dueños vivían en libertad.
La existencia de estos seres cambia para siempre en el momento en que tienen la fatalidad de pisar la trampa. El susto inicial apenas dura un segundo, para dar paso a un insoportable dolor físico. La reacción natural es tratar de zafarse inmediatamente del endemoniado objeto (sea éste un lazo de cuerda o un cepo metálico), lo que comienza a rasgar la piel y los músculos de la zona afectada. Esta infructuosa lucha dura por lo general horas, y el hecho de que los animales no consigan entender qué les sucede no hace sino aportar una cuota de sufrimiento psicológico añadido. La respuesta de la víctima puede llegar a observar ciertas diferencias en función de la especie, pero, por lo general, llega un momento en que los animales se abandonan a su suerte, entrando en lo que científicamente se denomina “síndrome de claudicación”. Aunque el sufrimiento sea extremo, poco más pueden hacer. O tal vez sí. Comenzar a roer su propio miembro hasta seccionarlo, liberándose así de la trampa. Las heridas provocadas son tan severas que lo más probable es que se produzca una necrosis, con la consiguiente infección y muerte. El proceso dura semanas, y en realidad convierte a los últimos días del pobre animal en una lenta y dolorosa agonía. Aquellos que consiguen sobrevivir a este trauma, se convierten en unos discapacitados que les coloca en inferioridad de condiciones respecto a sus competidores, con lo que su futuro siempre será incierto. Y a quienes no consiguen quitarse el cepo o el lazo, lo mejor que les puede suceder es que el trampero aparezca cuanto antes y acabe con él. Lo malo es que ésto puede suceder hasta varios días después del chasquido inicial. El objetivo último del operario es claro: no dañar la piel. En consecuencia, utilizara cualquier método para que el “material” quede intacto. Apalear su cabeza o ponerse encima para ahogarlo puede no ser muy estético, pero funciona. El sufrimiento que se inflija al animal carece de importancia. A toda esta locura deben añadirse los “efectos colaterales”, como la destrucción de familias (muchos animales se emparejan para toda la vida) o la muerte por inanición de los cachorros que puedan estar dependiendo en esa época de los padres.

Bajo la etiqueta de “piel ecológica” (la proveniente de animales criados en cautividad) se esconde un cruel engaño a los consumidores, a los que se transmite la idea de que, mientras el producto no provoque la desaparición de especies, el comercio es legítimo. Si mucha gente conociera las condiciones de vida que tienen que soportar los inquilinos de las granjas de producción, tal vez se lo pensaran dos veces.
La cruda realidad es que la piel “ecológica” deja tras de sí  una cantidad de sufrimiento notablemente superior a la que podríamos denominar “silvestre”, por la sencilla razón de que los animales estabulados soportan una explotación extrema. Una fórmula eficaz para evaluar tal situación consiste en comparar su vida en libertad y la que se les ofrece en su eterno encierro. Así, mientras en su medio natural suelen recorrer grandes distancias, en las granjas su territorio se limita a una jaula infecta que tienen que compartir con otros compañeros. El carácter solitario de algunas especies hace que el hecho de tener que convivir constantemente con otros individuos, supone para ellos una tortura añadida. Las especies acuáticas jamás tienen acceso a nada que se parezca a una charca o a un río, y deben soportar temperaturas extremas tanto en verano como en invierno. Los animales silvestres son por lo general muy asustadizos, pero en los barracones no tienen posibilidad alguna de huir de aquellos a los que consideran enemigos. Las patas están adaptadas al medio en el que desarrollan su vida natural, pero en la jaula el suelo es de rejilla, para que las heces caigan directamente fuera de ella, facilitando así la labor de los operarios. Las patas se llagan y se infectan, pero por lo general la hora del sacrificio llega antes que la muerte por gangrena, por lo que no reciben ningún tipo de cuidado. El negocio es el negocio. Se trata de animales carnívoros, que capturan a sus presas, mientras que en cautividad reciben una alimentación basada en papillas, lo que les provoca constantes diarreas y trastornos digestivos. Pero lo que importa es el producto final, la piel, y para ello el último paso es el sacrificio. Este episodio, como no podía ser de otra forma, se convierte en una chapucera brutalidad. Los métodos utilizados tienden siempre a no dañar la piel, por lo que estos desdichados animales acaban sus vidas en una cámara de gas (en realidad, una cutre instalación cerrada a la que se conecta el motor de un coche en marcha), electrocutados o simplemente estrangulados. En una situación de violencia tan extrema, resulta comprensible que las víctimas intenten de escapar o zafarse de sus torturadores, por lo que éstos prefieren evitar ser mordidos manipulándolos sin ningún tipo de consideración ni cuidado. Desde la óptica del empresario, no tiene sentido ralentizar el proceso si ello significa pérdidas económicas.
Todo vale en la industria de la peletería de lujo. Incluso la manipulación genética para obtener animales con mayor superficie de piel, patas más cortas, aunque sea a costa de que apenas pueda andar y sean casi ciegos. Este negocio no es, en un plano moral, más justificable que el comercio de armas o de drogas.

 
Abandonos Imprimir E-Mail

Abandonar a su suerte a un animal que ha permanecido un tiempo bajo nuestra tutela es una de los más execrables comportamientos de la larga lista de miserias humanas.

perrera 

Seres como los gatos domésticos y los perros (además de otros como el ganado) hace miles de años que perdieron su sitio en la naturaleza. Nacen, viven y mueren dependiendo casi de forma absoluta de nosotros. Es precisamente esta situación la que les convierte en individuos vulnerables, y en víctimas propiciatorias de nuestra insensibilidad. ¿Qué siente un perro o un gato abandonado? Cualquiera que haya tenido la oportunidad de convivir con uno de ellos, sabe bien que nos adoptan como todo su referente emocional y de sustento. Cuando un animal que ha conocido el afecto de una familia es dejado a su suerte, en primer lugar le asalta el desconcierto. Puede hasta que, durante los primeros instantes, crea que se trata de un juego de dudoso gusto. Pero rápidamente sobreviene la angustia y el desasosiego. El hecho de no ser capaces de comprender nada les agudiza este dolor. Bien se trate de un abandono ilegal (en las circunstancias concretas en las que la ley lo prohibe) o de uno legal (dejarlo en un centro de recogida sin más explicaciones), el resultado para el animal siempre es el mismo: un padecimiento extremo. Durante una primera etapa tratará infructuosamente de encontrar a su dueño, para pasar luego al periodo de  frustración. Esta nueva realidad pasa casi siempre una factura física. La pérdida de apetito y el nerviosismo constante hacen mella en el desesperado animal, que pierde peso y entra en un cuadro de autoabandono. Algunos simplemente se dejan morir, literalmente.
Abandonar un animal que ha estado bajo nuestra tutela es un acto miserable como pocos, en la medida que podemos reconocer al individuo que, además ha formado parte de nuestro grupo afectivo.

Si nos atenemos a las causas últimas que provoca el abandono de unos cien mil perros y gatos en España al año, hay que recurrir a dos situaciones: por una parte, la actitud frívola de quienes hacen procrear a sus animales; por otra, la compra a criaderos profesionales. Se trata de una cuestión de carácter moral, pero también matemática: si quienes sienten la imperiosa necesidad de convivir con un animal adoptaran uno sin dueño, el problema se reduciría a la mínima expresión. Pero las tímidas campañas que la administración lleva a cabo contra el abandono no incide en estos parámetros, con lo que el problema se eterniza. Los perros y los gatos no votan, y quienes nos ocupamos de hacer valer sus derechos no tenemos una entidad suficiente para hacer la presión suficiente. La verdad es que, si la situación de nuestros “mejores amigos” es tan desesperada, difícilmente podemos ser estúpidamente optimistas respecto a otros campos en los que la sociedad está bastante menos concienciada.

 
Animales y guerra Imprimir E-Mail

Probablemente todas las atrocidades humanas se concentran simbólicamente en la estética de la guerra. Su sola mención nos evoca el caos, la crueldad desatada y la inmoralidad en toda regla. Las guerras son la negación de la ética, en la medida en que cosas tales como el robo o el asesinato se convierten aquí en algo no sólo lícito, sino deseable. Pero cometemos un error si consideramos que la lista de víctimas civiles se completa con las mujeres y los niños. También lo son los animales, que sufren los conflictos bélicos en diferentes planos. Por una parte, la violencia física propia de la situación les afecta a ellos tanto como a los que más. Por otra, el hecho de ser utilizados como instrumentos de combate (perros, caballos, delfines, orcas). Y la menos conocida por el gran público, su empleo como material de laboratorio para algunos de los más perversos experimentos.

vaca 

La mayoría de las armas, tanto convencionales como biológicas o químicas, se prueba en animales antes de su utilización en humanos. Implicar a inocentes en nuestras diferencias es simplemente perverso. Se dispara sobre el cuerpo de ovejas y caballos para hacer estudios balísticos. Desde un punto de vista puramente científico, resulta tan absurdo como parece.
La indefensión y dependencia que los animales tienen habitualmente en la vida cotidiana se agudiza en los conflictos armados. Los inquilinos de los zoológicos se ven sin comida, y acaban sirviendo de comida a los ciudadanos desesperados, que ni cuando gozaban de una vida acomodada tenían consideración alguna por los prisioneros animales, ni la tendrán después. Lo cierto es que ni siquiera su condición de víctimas hace cambiar por lo general a los seres humanos, que, una vez superado el conflicto, se convierten otra vez en verdugos despiadados de los más indefensos.
Muchas veces los animales de abasto son masacrados para cortar el suministro de alimentos a la población, lo que muestra bien a las claras el concepto de recursos que tienen para nosotros.

Los animales no humanos son las grandes víctimas olvidadas de los conflictos bélicos. Conflictos que para nosotros son circunstanciales. Para la mayoría de ellos, su vida al lado de los seres humanos es en sí mismo un conflicto violento constante.

 
Tráfico de animales Imprimir E-Mail

Establecer una clara diferencia entre los denominados tráfico legal (regulado) e ilegal (permitido) de animales es, cuando menos, una muestra de desprecio hacia los derechos más básicos de éstos en tanto que individuos. El deseo de volar y de emparejarse es tan intenso en el loro del amazonas raptado de su hábitat, como lo es en el periquito adquirido en la tienda de mascotas de la esquina, que lleva ya varias generaciones de cautiverio. La adquisición consciente de animales en los llamados “establecimientos especializados” supone apoyar un cruel negocio del que sus protagonistas siempre son víctimas inocentes.

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Pero la trata de animales que pertenecen a especies en peligro tiene connotaciones añadidas. Junto con el tráfico de armas y de drogas, el tráfico ilegal de animales o de sus restos está considerado como uno de los negocios internacionales más rentables.
La demanda existente en los países ricos es el detonante de todo el proceso. El precio final es muy alto, y a los proveedores iniciales se les paga un bajo precio en su calidad de pobres. La etapa intermedia es la que enriquece a los traficantes, que presionan a aquellos que capturan a los animales para que envíen el máximo número de ellos, descuidando las condiciones en que lo hacen. Así, no es de extrañar que, según especies, existan casos en los que hasta el ochenta por ciento de los ejemplares mueren durante el viaje. Tal vez sea porque muchos son envueltos en papel de periódico como si fueran bocadillos, o introducidos en masa en pequeñas maletas. Basta con que una pequeña proporción llegue a su destino final, para que las cuentas salgan.
No es difícil llegar a la conclusión de que los proveedores iniciales ven en éste nuevo negocio una forma fácil y rápida de hacer dinero, que además se desarrolla en un medio que ellos conocen bien, por lo que les resulta atractivo. Pero no tienen en cuenta que esquilman la selva de manera brutal. No tienen inconveniente en talar árboles si sospechan que pueden conseguir un par de polladas, a las que alimentan sin ningún tipo de cuidado hasta el punto de introducirles la papilla en los pulmones y matarlos.

Hablar de “suerte” para aquellos individuos que consiguen sobrevivir a esta deportación masiva, es poco más que una cruel ironía. El resto de su vida permanecerá en un sucio terrario o en una diminuta jaula. Volar o huir del enemigo se convierten, respectivamente, en una ilusión y en un imposible. Su mundo se reducirá a la cortina del salón, al trocito de asfalto que se deja ver desde la ventana y a un constante viaje de ida y vuelta hasta la cocina.

Los animales no son nuestros, y no tenemos ningún derecho a condenarles al cautiverio perpetuo.

 
Animales de trabajo Imprimir E-Mail

Tendemos a pensar que, en los países industrializados, los animales de trabajo han pasado a ser historia, pero lo cierto es que se les sigue explotando en campos como la búsqueda de droga o la ayuda a minusválidos. Estas realidades esconden una realidad menos sugerente de lo que parecen en un principio.


En una parte significativa del planeta, los animales destinados a labores agrícolas o de transporte siguen siendo maltratados hasta la extenuación, tratados sin respeto, y no teniendo en cuenta sus más elementales derechos. Quienes los explotan suelen vivir en una pobreza extrema, pero ello no les exime de ciertas obligaciones para con ellos, al menos una consideración similar a la que exigen para sí mismos.
La relación entre dueño y animal de trabajo suele estar basado en la violencia. Latigazo para echar a andar, para parar, para indicarle girar a la derecha o para arrodillarse. Burros, elefantes, camellos o bueyes, no hay gran diferencia. Todos son sojuzgados para beneficio del hombre. Suponer que las sociedades esclavistas han sido erradicadas implica tener un concepto del fenómeno seriamente limitado.

La idea cultural que se tiene de algunos de estos animales les convierte directamente en seres objeto. Los burros son apaleados incluso cuando ya no sirven para acarrear pesadas cargas. Los elefantes son tratados como inmensas moles de carne sin sentimientos, creyendo que, por su dimensión, no les afecta el golpe con la barra metálica. Algunos de estos gigantones acaban con tal grado de frustración por el constante trabajo al que son obligados que, en el sudeste asiático, se han puesto en marcha algunas iniciativas para recuperarlos mediante tratamiento psicológico.
A los animales de trabajo ni siquiera se les ofrece una jubilación digna. En muchos casos, cuando llega el momento de retirarlos, simplemente se llevan al matadero, se venden a bajo precio a los mozos del pueblo para una juerga final, o a personas que les seguirán explotando en números callejeros ridículos.

 
Animales urbanos Imprimir E-Mail

Algunos animales se han adaptado de tal manera a la sociedad humana, que únicamente subsisten en entornos urbanos, donde viven en muchas ocasiones de nuestros desperdicios. Palomas, ratas, gorriones y algunas especies de córvidos son ejemplos de lo que podríamos llamar “animales autodomesticados”.


En el caso de las palomas, llegan a causar daños en edificios y estatuas, pero el perjuicio no llega a ser equiparable al que les causamos nosotros a ellas con la captura y el gaseamiento masivo de las campañas anuales de los ayuntamientos, que ponen en práctica así una suerte de ofrenda política a ese sector social al que todo le molesta y que asume la queja como un estilo de vida. Ni la elección de la paloma como representación de la paz y la concordia son suficientes para que las respetemos, asumiendo así una visión esquizofrénica de los animales, a los que convertimos al mismo tiempo en símbolo y objeto a exterminar.

Es difícil encontrar un animal que despierte tanta antipatía como las ratas con las que compartimos la ciudad. Si posicionarse del lado de los animales en general se asume por muchos como una ofensa hacia el sufrimiento humano, hacerlo a favor de las ratas es asumido por la gente como un signo inequívoco de desequilibrio mental incurable. Pero las ratas, independientemente de nuestros prejuicios estéticos, son seres sensibles, que se emparejan y dan de mamar a sus pequeños, que gozan con situaciones agradables, y sufren con las sustancias anticoagulantes tanto como pueda hacerlo el alcalde del municipio que las extermina de manera constante. La guerra contra las ratas es una guerra sin cuartel, pero ellas proliferan gracias a nuestro estilo de vida opulento, y deberíamos permitirles su cuota en este festín. A pesar de que no se dan a conocer, existen métodos no agresivos que las mantendrían alejadas de nuestra vista. Mientras no asumamos un interés honesto por ponerlos en práctica, nuestra autoridad moral para causarles daño es, cuando menos, muy dudosa.

 
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