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¿Por qué está mal causar daño a los animales? Imprimir E-Mail

La mayoría de las personas que consideran necesario y urgente conceder derechos a los animales no humanos (al menos a algunos de ellos) para garantizar su integridad física y emocional, adoptan esta postura desde un plano intuitivo. El grueso de la sociedad considera que “está mal” causar daño a los animales, pero no se trata de una afirmación fundada en argumentos razonados. Si asumimos que es incorrecto actuar de forma violenta contra otros (en este caso contra los animales) deberíamos fundamentar nuestra postura con unas bases argumentales sólidas y coherentes. La pregunta directa debería ser del tipo “¿Cuál es la razón exacta por la que está mal dañar a los animales?”

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Desde nuestro punto de vista, existirían tres razones de base a partir de las cuales la defensa de víctimas inocentes (independientemente de su especie biológica, pero aquí referidas a los animales no humanos) adquiriría pleno sentido. Son las siguientes:

 

Existen numerosas situaciones de resultas de las cuales se produce una  violencia de dimensiones extraordinarias hacia los animales. Las áreas de explotación son muy diversas, y van desde aquellas  familiares para el gran público (corridas de toros, abandonos), hasta otras más sutiles, como la publicidad o el espectáculo del circo.

 

Los animales no humanos son seres vivos dotados de sensibilidad, y por tanto son capaces de experimentar dolor físico y de sufrir intensamente. Todos los indicios que tenemos desde el conocimiento humano apuntan en este sentido, y nadie (excepto alguien interesado en negar la evidencia) puede obviar esta realidad.

 

Lo seres humanos adultos racionales somos individuos éticos. Ésto implica que poseemos una capacidad para hacer juicios de valor sobre nuestros actos, que clasificamos, a grandes rasgos,  en “buenos” o “malos”. Esto nos obliga de alguna manera a procurar evitar el daño innecesario causado a los demás.

 

A poco que se reflexione sobre estos tres preceptos básicos, hemos de concluir que son igualmente aplicables a las situaciones violencia entre humanos. Pero, no obstante, podemos hacer un ejercicio de razonamiento práctico. Ante la mera hipótesis de que uno sólo de los citados puntos no existiera, carecería de sentido hablar en términos de “injusticia”, “mal” o “bien”. Si, pongamos por caso, dándose los puntos 2 y 3, no se diera ninguna circunstancia en la que maltratáramos a los animales, ¿cuál sería el problema? Si son los puntos 1 y 3 los que tenemos pero desaparece el 2, no sería peor darle una patada a un perro que a una piedra, puesto que los perros no tendrían sensibilidad alguna (como de hecho les sucede a las piedras). Si es el 3 el punto que hacemos desaparecer, ¿quién podría reprochar su “mal comportamiento” con un animal a alguien que no posee conciencia moral? Si una persona de estas características maltrata a un ser sensible, podríamos calificar tal acto de indeseable, pero no se lo reprocharíamos a quien lo lleva a cabo, por su incapacidad para comprender la naturaleza de sus actos.


De todo ello se deduce que las razones por las que consideramos condenable causar daño gratuito a un hombre o a una mujer son exactamente las mismas que nos llevan a rechazar la agresión hacia el resto de los animales.

 
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