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El dolor evitable siempre es malo Imprimir E-Mail

La existencia fisiológica del dolor juega un doble papel de ángel y de demonio al mismo tiempo. Afortunadamente, nos duele cuando nos pinchamos con una aguja, pero no es su función de alarma el aspecto que nos interesa del fenómeno del dolor, sino aquel que se inflige por motivos que bien podríamos evitar si estuviéramos interesados en ello. Es ese dolor gratuito el que se nos muestra como perverso, y por lo tanto condenable.

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Por otra parte, y aunque un sector residual de la población parece anquilosado en las tesis cartesianas que ven a los animales como autómatas sin sentimientos ni emociones, por lo general triunfa la idea de que sensaciones como el dolor o el placer no son privativas de los seres humanos, y de que, más allá de nuestra especie, cumplen la misma función y proporcionan los mismos resultados.

En tal sentido, creemos que una de las principales reflexiones de la causa animalista debe ir encaminada a transmitir la idea básica de que no existe un dolor que podríamos denominar “humano” y otro “animal”, como si de fenómenos distintos se tratase. Sólo existe el sufrimiento, la terrible experiencia del dolor gratuito, tan indeseable para unos como para otros, sin que cuestiones como la especie biológica a la que pertenece la víctima tengan aquí la menor importancia. Aceptado este principio, el reconocimiento teórico de las obligaciones humanas para con el resto de seres sensibles no puede quedar muy lejos. Mientras no asumamos (y por lo tanto superemos) esta evidencia, el discurso animalistas adolecerá de un serio hándicap a la hora de transmitir su mensaje.

 
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