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Con frecuencia, el discurso animalista recurre a expresiones como ésta para transmitir la idea de que la mayor parte de las situaciones en las que provocamos sufrimiento a los animales no humanos se enmarca en contextos evitables. Si adoptásemos una actitud mínimamente respetuosa hacia ellos, no agujerearíamos sus cuerpos con arpones metálicos hasta matarlos, ni los pasaríamos a cuchillo en masa con el sólo propósito de dar gusto a nuestros paladares. Ni una cosa ni otra pueden ser calificadas como “necesidades irrenunciables”. Todas aquellas personas que se abstienen de asistir a corridas de toros o de incluir animales en su dieta, no hacen sino mostrar un profundo respeto por el dolor ajeno, adoptando un compromiso personal de no colaboración con la tortura pública o con el crimen organizado.  Defender la idea de que toda violencia es condenable parece sugerente si nos acercamos a ella de una manera superficial, pero poca gente defenderá tal cosa hasta sus últimas consecuencias. Muy al contrario, la mayoría de nosotros aceptará como razonable el empleo de un grado de violencia proporcional a la situación que trata de evitar. Si un buen golpe en la cara impide el linchamiento de una persona inocente, ¿quién no lo aplaudiría? Y si la única alternativa a la muerte segura de toda una clase de niños retenidos por un perturbado es acabar con la vida de éste, ¿alguno de nosotros elegiría la primera opción? La violencia puede no ser deseable (asumiendo la hipótesis de un mundo ideal), pero con frecuencia se muestra como una herramienta más para resolver determinados conflictos.
Sin embargo, la casi totalidad de las situaciones en las que agredimos brutalmente a los animales de nuestro entorno no puede ser calificada como autodefensa, sino que responde a los caprichos más triviales: preferencia por un determinado sabor, por un determinado espectáculo o por una determinada forma de vestir. Es en este sentido en el que los malos tratos que a diario infligimos a los animales son absolutamente gratuitos. Lo son en su calidad de prescindibles, como lo demuestra el hecho de que todas y cada una de las personas que formamos parte del mundo industrializado no colaboramos con una amplia gama de situaciones de explotación animal: nadie come animales, abandona a su gato, asiste con regularidad al zoo, al circo, al hipódromo, a corridas de toros, viste pieles, compra aves exóticas, caza y pesca por diversión........a la vez. Todo el mundo prescinde, conscientemente o no, de una o varias de estas situaciones. Y mucha gente asume como un estilo de vida el boicot permanente a todas y cada una de las realidades mencionadas. Por todo ello, difícilmente pueden legitimarse, si no es desde el más burdo egoísmo y la más grosera arrogancia.
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