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Entendemos por Problemática Animal el conjunto de situaciones en las que la comunidad humana inflige daños injustificados y conscientes al grupo biológico que conocemos popularmente por “animales”. No pertenecerían a la categoría de Problemática Animal aquellas situaciones derivadas de accidentes, u otras perpetradas por agentes éticamente no activos (discapacitados humanos y la mayoría de los individuos pertenecientes a otras especies). Sobre la base de este precepto, atropellar con el coche (sin desearlo) a un conejo puede ser un auténtico “problema” para el animal, pero no se trata de una situación que merezca ser incluida en el epígrafe mencionado. Requiere una reflexión somera el término “injustificados” (o “gratuitos”) aplicado a los malos tratos hacia los animales, dado que su aparente ambigüedad semántica podría ser utilizada por quienes legitiman muchas de las formas de violencia que hoy se ejercen sobre los mismos. A efectos prácticos, consideraremos aquí como injustificadas todas aquellas situaciones agresivas que podríamos evitar sin que ello afectase a nuestros intereses básicos y/o primarios, siendo estos, fundamentalmente, la integridad física y la propia vida. En realidad, únicamente deberíamos aceptar la violencia hacia los animales en casos de legítima defensa o en aquellos en los que se persiga evitar un mal mayor.
Por otra parte, no se necesita hacer grandes esfuerzos para concluir que la misma legitimación adquiere sentido en situaciones análogas que puedan darse en el ámbito humano. Las áreas de agresión gratuita que sufren los animales son muy numerosas. No se trata solamente de las denostadas fiestas populares o la caza de ballenas, sino otras menos conocidas por la opinión pública y que, comparativamente, resultan mucho más devastadoras que las anteriores, teniendo en cuenta sobre todo factores como el número de individuos implicados o el grado de violencia que se ejerce sobre ellos. Hablamos de formas de abuso como la ganadería, la vivisección o la explotación de animales para el entretenimiento humano. Es importante resaltar que, cuando analizamos una forma de abuso específica, no estamos tratando un hecho aislado, sino una manifestación más del fenómeno homocéntrico-especista, fundamentado en la creencia de que el mero hecho de pertenecer a una especie biológica concreta (la humana) es suficiente para tratar a los individuos de las demás especies como meros enseres que están “destinados” a satisfacer no ya nuestras necesidades, sino nuestros caprichos más frívolos. La mayoría de la gente no percibe que nuestra relación con los animales esté basada por lo general en la agresión. Identifica ésta con algunos casos extraordinarios y puntuales: algunos tipos de agresión pública, al abandono de perros, y tal vez la caza comercial de animales emblemáticos como las focas o los tigres de Bengala. La opinión pública tiende a pensar que, salvo este tipo de situaciones, los animales supeditados al hombre viven bien “hasta que les llega la hora”. Preferimos imaginar a los cerdos correteando por el encinar en busca de sabrosas bellotas, a las gallinas picoteando tierno maíz en el prado, o a las ratas de laboratorio encantadas de prestar sus servicios al bienestar humano. Esta incomprensible desinformación masiva sólo es posible si la gente no desea saber lo que de verdad sucede. Conocer la cruda realidad de los animales implica muchas veces vernos a nosotros mismos como colaboradores activos de fenómenos de violencia institucionalizada, lo cual no hace que nos sintamos muy cómodos. Sin embargo, y por simple decencia ética, deberíamos permitir al menos que se nos ofreciera información veraz al respecto. Ése es el propósito de ATEA.
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