VÍCTIMAS DE NUESTRO OCIO Aunque los argumentos de quienes tratan de justificar realidades como la vivisección a la utilización de los animales para alimentarnos no resisten un análisis riguroso y objetivo, convencer a alguien para que cambie su dieta o para que se posicione contra la utilización de animales en la investigación médica no es una tarea precisamente fácil. Pero la cuestión se vuelve muy preocupante desde un punto de vista intelectual cuando lo que trata de preservar ese mismo alguien es la explotación, la agresión y/o la muerte pública de seres inocentes, con una capacidad de sufrimiento en general similar a la nuestra, y que son, además, inocentes totales. Es aquí donde la mezquindad humana muestra su lado más obsceno. Porque, a estas alturas, y teniendo en cuenta que pasamos parte de nuestra vida jactándonos de nuestra racionalidad, deberíamos haber rebasado al menos la línea de la compasión para con aquellos animales cuyo único destino es servir a nuestro ocio más frívolo e innecesario. Pero, lamentablemente, no es así, como vamos a ver a continuación. Nos servimos de ellos en multitud de formas y variantes lúdicas, que van desde mantenerlos secuestrados por el mero placer de observarlos, hasta permitir y fomentar su linchamiento público y elevarlo a la categoría de arte mayor.
CIRCOS La mayoría de la gente no asocia el espectáculo del circo con el maltrato a los animales. El glamour que sus promotores tratan de transmitirnos desde la pista y los llamativos carteles publicitarios distorsionan nuestra percepción del mismo y nos hacen creer que los elefantes y leones a los que vemos actuar lo hacen por voluntad propia y que son felices en su trabajo. Cuando los espectáculos circenses más famosos del mundo son precisamente aquellos en los que los únicos animales participantes son humanos (estos sí, por propia voluntad), muchos de estos decadentes negocios siguen basando buena parte de su propaganda estética en la presencia de animales. La agresión a éstos en los circos es doble. Por una parte, está la reclusión perpetua a la que son condenados, y que genera en ellos una permanente frustración y angustia. El régimen de confinamiento es mucho más severo que el que soportan los animales en los parques zoológicos. Aquí el espacio vital apenas les permite dar unos pasos, y ni que decir tiene que no tienen opción alguna de huir de la constante presencia humana. Por ejemplo, los felinos (siempre presentes en los circos) son muy celosos de su territorio y de sus familias. En un circo toda esta realidad emocional queda desde el principio destruida. Su predisposición a emparejarse y tener descendencia permanece impresa en su memoria genética, y por lo tanto está intacta. Sin embargo, su deseo sexual y afectivo se encuentra siempre cercenado, lo que constituye para ellos un auténtico tormento, máxime cuando huelen a las hembras en celo a apenas unos metros.
 A los osos se les coloca un incómodo bozal nada más salir del escenario, y los elefantes permanecen su vida encadenados por una pata, viéndose obligados a dormir de pie unos junto a otros en apestosos camiones. Mientras que los elefantes, en su medio natural, viven una media de unos 70 años, los de los circos mueren con apenas 14 ó 15 años. A los felinos y a los osos se les suelen extirpar las garras para que no resulten peligrosos para su dominador. La experiencia vital de las cebras, los dromedarios, y en general cualquier animal utilizado en los circos, está muy alejada de la vida rica en sensaciones que produce la libertad de movimientos. La variedad de especies de que se nutre el circo es ilimitada. No debemos olvidar que se trata de un mero negocio, donde los beneficios finales priman sobre cualquier otro aspecto. No es difícil ver cómo estos deleznables espectáculos se sirven de seres híbridos (un animal mitad león mitad tigre, por ejemplo), o animales acuáticos, como tiburones. Es fácil imaginar la tortura que supone para las víctimas. Individuos acostumbrados a recorrer diariamente varios kilómetros, se ven obligados a vivir en un entorno extremadamente limitado donde apenas pueden darse la vuelta.
Los animales sufren en esta versión del entretenimiento humano (circo) una doble agresión. Efectivamente, al hecho del traumatismo emocional que supone la reclusión perpetua, se añade aquí la inducción a comportamientos que no tienen significado natural alguno para ellos. Contra la opinión ingenua de muchos ciudadanos, no se consigue que un elefante de vueltas sobre un taburete de apenas un metro cuadrado con largas conversaciones entre domador y animal, sino a base de golpes, privación de alimentos y descargas eléctricas. Estas brutales agresiones constituyen las técnicas de adiestramiento habituales, tal y como han reconocido algunos domadores. Los animales deben incluso “trabajar” aunque se encuentren enfermos o deprimidos. Nadie defiende sus “derechos laborales”. Todo se desarrolla en un contexto de intimidación constante, de gritos, de garrotes en lo alto mientras los aterrorizados animales cierran los ojos, de amenazas cuyo único objetivo es que las víctimas no olviden en ningún momento “quién manda”. Se anula psíquicamente a los machos (en libertad individuos dominantes y responsables de clanes familiares), se condena a vivir en un mínimo espacio a seres acostumbrados a un hábitat natural compuesto de inmensos parajes. Su vida sexual y, en general, todas sus necesidades instintivas, quedan frustradas para siempre. Los circos convierten sus vidas en una experiencia miserable. Los aplausos del público no motivan ni hacen ninguna gracia a unos animales que no han elegido este tipo de vida y que no disfrutan en absoluto de la magia del circo, sino que han sido obligados a convertirse en atracciones de feria. En muchos casos son arrancados de su ambiente natural cuando son todavía unos cachorros, en otros son excedentes de zoológicos que acaban malvendidos a quien todavía está dispuesto a “exprimirles” un poco más antes de que mueran anónimamente. Algunos circos han incorporado recientemente una nueva sección a la que denominan zoológico, compuesta por auténticos “animales-desecho”. Seres decrépitos que ya no pueden salir a la pista por su edad, u otros con taras físicas y psíquicas, verdaderos “subproductos” de otras áreas de explotación animal. Los animales de los circos pasan la mayor parte de sus vidas encadenados y en jaulas, suelen estar mal alimentados, se les arrastra de ciudad en ciudad durante todos los meses del año, y son obligados a realizar números peligrosos que los degradan a la categoría de bufones. A ningún animal le gusta acercarse al fuego, bailar alrededor de la pista o hacer equilibrios sobre dos patas en superficies minúsculas. Resulta paradójico que los espectáculos circenses de más éxito en la actualidad son precisamente aquellos que no incluyen animales en sus números. Incluso algunas asociaciones regionales europeas prohiben en sus estatutos la utilización de cualquier tipo de animal.
PARQUES ACUÁTICOS
De la misma forma que los zoos tienen su versión “líquida” (los acuarium), los circos compiten con espectáculos basados en la misma concepción (obligar a determinados animales a actuar de manera absurda), solo que en el agua: son los llamados “parques acuáticos”. En ellos los protagonistas son tan víctimas como puedan serlo los leones o los elefantes. Se eligen los animales en función del juego que puedan dar ante el público, previamente condicionado por los medios de comunicación y por la publicidad cinematográfica. Cabe destacar que pertenecen a algunas de las especies consideradas como más inteligentes (orcas, delfines, focas), lo que significa que son capaces de experimentar una gama de sufrimiento psíquico mayor que otros. Los entrenamientos, como no puede ser de otra forma, están orientados a anular sus deseos, y a responder de manera automática a los del entrenador. La asociación “ok=comida” acaba siendo para ellos el único referente válido. ¿Nos hemos preguntado alguna vez qué sucede con aquellos individuos que no responden a las expectativas comerciales que se espera de ellos? Simplemente son retirados del circuito y malvendidos al primer zoo cutre que pague algo por ellos. Allí languidecerán hasta morir. O, simplemente, serán sacrificados a falta de otra alternativa económica mejor. La riqueza ambiental que se ofrece a los animales-actores de los parques acuáticos apenas consigue ser una burda imitación de su medio natural. Animales gregarios y con una gran complejidad mental, como las orcas o los delfines, no tienen otra opción que la de dar millones de vueltas a un tanque de agua. No es de extrañar que se hayan detectado cuadros depresivos severos en muchos individuos, lo que les lleva en un momento dado a mostrar una conducta calificada por los humanos como “agresiva”, cuando en realidad no se trata nada más que de pura y simple autodefensa. Es entonces cuando la noticia sale en los periódicos, alimentando la leyenda de las ballenas asesinas, y pasando por alto la evidencia de la agresión a la que les someten sus explotadores y la responsabilidad de quienes pagan para que el espectáculo continúe.
ZOOLÓGICOS Pasar una mañana de domingo en el zoo siempre es una buena alternativa de ocio. Observar a los animales resulta relajante y hasta educativo para los niños. ¿Qué puede tener de malo un zoológico o una reserva de animales? Sus cuidadores se ocupan de ellos y son los primeros interesados en que gocen de un cierto bienestar. Pero la realidad no es tan amable, cosa que descubrimos en cuanto hurgamos un poco en la realidad de este fenómeno.
La cruda realidad es que los acuarios y los zoológicos son cárceles de animales, donde los humanos los mantenemos recluidos con el único objeto de convertir su observación en un negocio rentable. Como en cualquier otra forma de exhibición, en todo momento están condicionados a la rentabilidad del negocio. Hay que hacerse con una buena “colección “ de animales, por lo que vale más pasarse que quedarse corto. Si resulta que luego tenemos que deshacernos de alguna partida de “material”, no hay problema, se lleva a cabo y punto. Y si no, una rápida transacción entre centros similares. Siempre hay alguien dispuesto a pagar algo, por poco que sea, para llevárselos y tratar de exhibirlos durante unos meses más. Las colecciones de animales que van con muchos circos se nutren de este tipo de “excedentes”.
 Uno de los argumentos más inconsistentes utilizado por quienes tratan de legitimar los zoos pasa por defender la idea de que resultan educativos. Hoy, la etiqueta “educativo” te abre las puertas de casi todo. Y el hecho de que la gente no esté dispuesta a plantearse un estilo de vida más respetuoso hace el resto. Como mínimo, deberíamos asumir que algo es educativo (en el sentido positivo del término) sólo cuando ofrece una información veraz. No es precisamente el caso de los zoológicos, donde, al lado del león (predador) colocan a los antílopes (presa), vecinos a su vez de los osos polares, con los que, en la naturaleza, ni siquiera comparten continente. En el plano educativo, sin duda el aspecto más devastador lo constituye el hecho de que se transmite a los niños y niñas la idea de que los animales, y en general la naturaleza, están ahí para uso y disfrute de los seres humanos, constituyendo una especie de despensa a la que podemos acudir cuando nos plazca. Si alguien es educado sobre esta colección de ideas y pensamientos, será muy difícil que se dé una rectificación a lo largo de su vida.
Uno de los mayores problemas que padecen los animales en cautiverio es el aburrimiento. Puede parecer una tontería, pero no saber qué hacer en todo el día es capaz de llegar a matarte (es, de hecho, lo que les pasa a muchas personas de naturaleza ociosa cuando se jubilan). Así, en los centros de reclusión forzosa a los que denominamos eufemísticamente “recintos zoológicos”, muchos residentes acaban desarrollando cuadros de ansiedad severa, que somatizan mediante comportamientos aberrantes, como ingerir sus propias heces, intentar mantener relaciones sexuales continuas, o episodios de agresividad hacia sus familiares.
Salvo en los excepcionales casos de algunos individuos-estrella, los zoológicos están concebidos como un todo, un conjunto faunístico global, lo que no ayuda a identificar individuos. Este hecho facilita a sus promotores la poco conocida (pero constante) transacción de animales, que entran y salen sin que el público lo perciba, y por lo tanto sin poder seguir la pista a éste o a aquel animal que parecía tan decaído. Siguiendo la filosofía mercantilista que sustenta todo negocio, cuando un animal en concreto no consigue adaptarse al artificial medio que se le ofrece, se procede a su “retiro” sin más contemplaciones. Nadie notará su ausencia, pues hemos sido educados para verlos no como a seres con intereses individuales, sino como a una colección.
AQUARIUMS Los bautizados con el sugerente nombre de “aquarium” no son sino una nueva versión del pack de animales que representan los conocidos zoológicos. Probablemente la publicidad más eficaz de estos centros consiste en transmitir la idea de que los animales están en su medio natural, el agua. Este mensaje es, evidentemente, tosco por simplista, pero sirve cuando va dirigido a una sociedad consumista que no repara en el precio que deben pagar los animales recluidos en los tanques de agua. ¿Cuál es, realmente, este precio?
Si, como en el caso de los animales terrestres en cautividad, la gente tiende a no identificar a éstos de forma individual, tal circunstancia se agudiza cuando se trata de animales como los peces, con los que no hemos desarrollado una especial afinidad, por lo que su explotación permite a quienes la llevan a cabo un mayor margen de acción, a sabiendas que casi nadie (salvo cuatro locos animalistas) van a adoptar una postura condenatoria hacia su negocio. En el caso de los macroacuarios, tan en boga últimamente, la práctica totalidad de sus huéspedes han sido literalmente raptados de su auténtico hogar para ser conducidos a un centro de reclusión del que no saldrán jamás. No es fácil recrear con éxito un medio tan particular como el acuático para satisfacer a seres tan dispares como tiburones, rayas, estrellas de mar o pulpos. Pero con frecuencia todos acaban en el mismo recipiente, al objeto de ofrecer a los visitantes una visión atractiva y cuasi fantasiosa del medio marino. Los tiburones, por ejemplo, nunca comen por sí solos. Su alimentación se concibe como un número de cara al público, con buceadores que supuestamente se juegan la vida en tan arriesgada labor. Así, no sólo se engaña al público introduciendo elementos novelescos en el acto de alimentar a los animales, sino que se refuerza la imagen de los tiburones como seres despiadados cuyo mayor placer consiste en engullir tiernos humanos. Pretender hacernos creer que una visita al acuario es educativa en algún grado constituye todo un desafío al sentido común.
De igual manera, no debemos olvidar que, en todas aquellas situaciones en las que se mantienen animales cautivos, éstos se hallan bajo una dependencia absoluta hacia sus carceleros. Cualquier circunstancia anómala repercutirá directa e inmediatamente en sus vidas y en su bienestar. Cuando el negocio no marcha todo lo bien que sería de desear, cuando la relación entre socios se deteriora, o cuando el responsable muere repentinamente, los animales son siempre los que más pierden. Acaban siendo malvendidos o incluso abandonados a su suerte hasta que mueren de inanición. No hay salida para estos pobres animales. Los zoos rebosan de “mercancía”, y la mayoría de negocios similares no están dispuestos a asumir una partida nueva que no habían previsto. Este tipo de tragedias se produce con mayor asiduidad de lo que la gente cree, tal y como recogen los medios de comunicación.
ESPECTÁCULOS CON TOROS Las corridas de toros “oficiales” no son sino la parte intelectualmente más vendible a la sociedad. En realidad, se trata de la punta del iceberg de toda una realidad que apenas tiene repercusión en los grandes medios informativos, salvo cuando se produce alguno de los llamados “accidentes”, en los que un humano sufre algún percance. Una infinidad de espectáculos callejeros convierten a vaquillas, novillos y demás seres bovinos en el centro de diversión de una muchedumbre enloquecida y éticamente anestesiada.
 Si bien numéricamente el montante de los animales utilizados no representa una gran porción respecto al total, se debe subrayar el carácter simbólico de estos linchamientos, en la medida en que son permitidos y auspiciados por la administración, que en muchos lugares los incluye en sus folletos turísticos como una razón más para venderse a posibles visitantes. La etiqueta de “acto cultural” ejerce un poderoso blindaje publicitario ante posibles críticas, y que los convierten en expresiones populares intocables.
Las corridas de toros se han convertido en emblema de toda una cultura, y de obscena peregrinación de toda clase de intelectuales y mandatarios. Los toros son por naturaleza seres huidizos, que sólo adoptan una postura de ataque si se ven acorralados. El entorno de la corrida resulta claramente agresivo para ellos. En realidad, la tortura ha comenzado cuando el camión de transporte les separa unos días antes (semanas en el caso de que tengan que realizar un viaje transoceánico) del único mundo que conocen, la dehesa, en la que conocen a la perfección los abrevaderos, los árboles y hasta los mayorales, de cuya mano comen sumisos. Horas de traqueteo en el transporte hace que pierdan kilos de peso. Se han dado incluso casos de muerte por colapso. El animal sale a la plaza tratando de defenderse de toda esa agresión incomprensible. La supuesta lucha entre hombre y animal queda reducida a una patética y adulterada escenificación. En los próximos veinte minutos serán clavados en cuerpo del animal todo tipo de artilugios metálicos, desde el arpón de la divisa hasta el estoque. Así, un animal vigoroso (a pesar de la manipulación fraudulenta a la que ha sido sometido) acaba convertido en un guiñapo sanguinolento muerto de sed por las hemorragias, vomitando babas y mocos, que sólo desea retirarse al burladero a descansar.
Las corridas de toros merecen, en un plano moral, una condena al menos tan contundente como el ahorcamiento público de ladrones o la mutilación genital femenina, y su defensa a ultranza por parte de los poderes establecidos no hacen sino convertirlas en auténticos crímenes de estado. OTROS LINCHAMIENTOS PÚBLICOS Muchas de las celebraciones que llevamos a cabo los humanos no merecerían ser calificadas de “fiestas”, por estar basadas en la agresión y muchas veces en la muerte de inocentes. Lo que para nosotros es una celebración, para ellos se convierte en un burdo linchamiento.
Al tratar el tema de la utilización de animales en espectáculos y celebraciones públicas nos enfrentamos a uno de los aspectos más preocupantes del comportamiento humano, en la medida en que, quienes participan de estos eventos (bien como ejecutores, bien como testigos cómplices) observan todo el proceso agresivo a las víctimas, cómo se les golpea, cómo se les introducen objetos punzantes en el cuerpo, cómo se les mutila y, muchas veces, cómo se les ejecuta. Es de esperar que tal comportamiento sea juzgado algún día como una de las patologías propias de la perversa naturaleza humana.
 Pero a día de hoy el número de festejos en los que se acosa, tortura y/o mata animales en celebraciones públicas es extraordinario. En el Estado español, el ganado bovino es, con diferencia, el que se lleva la peor parte. La edad de los animales empleados va desde unos meses (auténticos cachorritos que lo único que quieren es volver con su madre), en celebraciones especialmente destinadas al público infantil, inculcándoles así esa cultura desde jóvenes, hasta aquellos en los que los animales participantes son perfectamente adultos y que, ante la falta de fiereza requerida por actos de mayor categoría, se venden a bajo precio a los pueblos en fiestas. Los aterrorizados protagonistas son increpados de manera constante por una multitud embrutecida, en encierros que duran a veces hasta varias horas, y que por lo general terminan con la muerte del animal, mediante un disparo en la cabeza o una estocada. En algunos lugares el público lanza durante el espectáculo sobre el cuerpo del animal dardos u otros objetos punzantes, o trata de atravesar su cuerpo con una lanza medieval. Todo vale si es adecuadamente vendido como cultura y tradición. Las vaquillas que van de pueblo en pueblo acaban destrozadas. En algunas ocasiones se les ata una cuerda al cuello para que los aguerridos participantes tiren de ella cuando existe algún peligro. Esto provoca abrasiones en la piel del animal, pero con que aguante la temporada festiva, se rentabiliza la inversión.
Casi ningún animal escapa a la locura colectiva de la fiesta local. Se cuelga boca abajo a una hilera de gallinas, para tratar de decapitarlas con un sable desde un caballo. Se apedrean conejos y gallinas enterradas en el suelo. Se lanzan cabras desde el campanario de la iglesia, se utilizan burros para representar el escarnio público hacia personajes cuya verdadera historia los lugareños ni conocen. Todo ello con la consiguiente cobertura moral de ayuntamientos y gobiernos regionales, que financian con el erario público estos linchamientos sumarios.
CARRERAS DE ANIMALES ¿Por qué corren los caballos y los galgos en las carreras de apuestas? Ésta es la pregunta que deberíamos hacernos cuando nos venden estos espectáculos como representaciones inocuas en las que los animales incluso disfrutan dando rienda suelta a su naturaleza. Es cierto que unos y otros corren si se les da la oportunidad (y les apetece), pero lanzarse a la carrera abierta durante kilómetros al lado de otros compañeros, debería ser calificado, cuando menos, de absurdo. Pero no lo es tanto si obtenemos la información precisa sobre el estilo de vida que llevan los animales cuando no están sobre la pista. Una vida espartana, sin apenas salir de la cuadra o del canil que se les ha asignado. Todo está orientado a que, el día de la carrera y al abrirse el portón, se produzca una explosión psíquica (y muscular) que les obligue a comenzar a correr de manera alocada a no se sabe dónde. Porque ellos no tienen la más remota idea de las razones que les llevan a comportarse así. Simplemente no pueden evitarlo.
 El grado de exigencia hacia los animales es tal, que no resultan extraordinarios los accidentes o las lesiones musculares. Y, en un entorno tan competitivo, o se está perfectamente o no se está. Un animal de competición en inferioridad de condiciones no tiene ningún valor, y está condenado a lo peor.
Además, el montante de dinero que se mueve alrededor de las carreras profesionales de galgos y caballos es tal, que el nivel de competitividad no permite muchos fallos seguidos. Hay que rentabilizar la inversión, y procurar una vida placentera a alguien que te ha costado una fortuna pero que no está dando los resultados apetecidos es, en términos comerciales, algo estúpido. Tampoco aquí nos solemos preguntar qué sucede con los animales lesionados o demasiado viejos para competir con garantías. Ser destinado para semental no es la peor opción, aunque la mayoría son sacrificados sin más, cuando no donados a una empresa farmacéutica para investigación.
Aunque las competiciones entre animales más populares y conocidas son las de caballos (en todas sus variantes) y de perros, existen otras como las de camellos, e incluso algunas que pertenecen más al mundo de la extravagancia que al de los negocios. Así, en algunas partes del mundo se han popularizado en los últimos años las competiciones con avestruces, con ranas y hasta con caracoles. Todas ellas están conceptualmente basadas en la idea de los animales como objetos a nuestra disposición, por lo que no resulta extraño que la mofa y la ironía formen parte de muchas de estas situaciones.
Una variante a las carreras de animales lo constituyen algunos espectáculos deportivos por equipos. La práctica del polo, con caballos, o partidos de fútbol sobre elefantes o camellos son algunos ejemplos de utilización abusiva de los animales.
CAZA Y PESCA DEPORTIVA Una de las escenificaciones más groseras que los seres humanos hacemos de nuestra arrogancia se produce cuando tratamos de legitimar la matanza de animales bajo el pretexto de la gestión natural y del equilibrio ecológico. Esto nos invita a pensar que el planeta debía ser un absoluto caos antes de que el primer hombre o mujer tuviera a bien poner un poco de orden.
 Pero la realidad se muestra mucho más prosaica. En la actualidad, quienes practican la caza y la pesca como modalidad deportiva lo hacen por diversión. Defender otra cosa es, simplemente, un desafío a la lógica. Efectivamente, existen suficientes evidencias como para pensar otra cosa. En primer lugar, parece claro que la naturaleza tiene sus propios mecanismos de autorregulación (los tenía incluso antes de que el ser humano irrumpiera en ella) y que, en todo caso, si puede existir alguna situación puntual de severo desequilibrio, son los propios hombres y mujeres quienes la han originado. Siendo nosotros los principales responsables, convertir a cientos de millones de animales cada año en diana de nuestro ocio es, directamente, un crimen inaceptable.
La violencia de la caza y la pesca no sólo afecta a las víctimas a las que directamente se mata. También aquí cabría hablar de “efectos colaterales”. Son los animales a los que se deja heridos, cuyas heridas se acaban infectando y hace que mueran de gangrena, de inanición o directamente del colapso provocado por el estrés del momento. En algunos casos, la agonía puede durar varios días. En el caso de los peces que se escapan del anzuelo (o que son liberados en la absurda modalidad denominada “pesca sin muerte”), las heridas provocadas en la cavidad bucal son de tal calibre, que casi siempre quedan graves secuelas si consiguen sobrevivir. La muerte de los animales puede dejar huérfanos, o viudos y viudas. Porque el emparejamiento perpetuo no es algo privativo de los humanos.
Todo este cúmulo de evidencias debería mostrarse como suficiente para echar abajo el argumento legitimador del equilibrio natural. Pero existen otras poderosas razones para desenmascarar este crimen organizado. En primer lugar, parece lógico pensar que, dado que la práctica cinegética causa grandes dosis de dolor a una cantidad inmensa de seres (extremo que ni los propios practicantes niegan), debería ser asumida como un deber desagradable, reservado tal vez a profesionales pagados por la administración, y no concebida como una juerga dominguera a la que todo el mundo se puede apuntar. Y, en la misma línea argumental, los propios cazadores y pescadores deberían criticar abiertamente la cría deliberada de animales (palomas, faisanes, truchas) para su suelta y persecución. Ni el vergonzoso tiro al pichón merece crítica alguna por parte del citado colectivo. Así las cosas, seguir apoyándose en el manido argumento gestor supone, cuando menos, tomar por incapaces mentales a quienes forman parte de la sociedad no cazadora/pescadora.
PELEAS ORGANIZADAS Entre los animales (incluido el humano), una cierta confrontación física ocasional desempeña algunas funciones sociales que tratan de paliar males mayores. Tales enfrentamientos tienen sus límites, y raras veces acaban con consecuencias fatales. Pero que alguien que se denomina a sí mismo racional provoque deliberadamente una lucha cruenta entre individuos, en una escenificación siniestra, a veces incluso con apuestas por medio, nos mete de lleno en el terreno de la patología criminal. Aunque se siguen celebrando de forma clandestina, las peleas entre animales provocadas por el hombre están prohibidas por la legislación de numerosos países, pero en otros existe un vacío legal que permite a sus promotores seguir con este entretenimiento sangriento. Los animales más utilizados son los perros, tal vez porque, debido a nuestra estrecha familiaridad, sabemos cómo condicionarlos para conseguir de ellos casi cualquier cosa, por aberrante que sea. Pero las variantes son casi infinitas. Se lanza a perros adiestrados para el ataque contra osos atados, y a los que se ha arrancado previamente la dentadura, con el único fin de “equilibrar” la contienda y ofrecer al público un espectáculo más atractivo y emocionante. O, como espectáculo complementario de algunos zoológicos, se suelta una vaca en un foso de leones hambrientos, haciendo las delicias de los espectadores, que contemplan la masacre comiendo palomitas de maíz.
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