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La utilización de animales en nuestras vidas no tiene límites. Además de aquellos campos en los que son empleados de manera masiva y para objetivos concretos (comida, piel, entretenimiento, experimentación) existen numerosas formas no regladas de usarlos.


Así, sirven de reclamo publicitario en actos reivindicativos: vacas y cerdos en manifestaciones de agricultores, pintadas hechas sobre lomos de caballos, gatos muertos que se dejan como amenaza a la puerta de los enemigos políticos, burros en los que se representa la idiotez y la limitación mental. Simplemente resulta ofensivo para ellos (y para nosotros) utilizar animales en este tipo de escenificaciones. Ellos no tienen por qué soportar la angustia y el desconcierto de tales situaciones para que nosotros reivindiquemos derechos con toda seguridad justos.
arte
Los animales representan, igualmente, a todo tipo de entes malignos a los que combatimos mediante su sacrificio y/o tortura. La sacrosanta racionalidad con la que se nos llena la boca queda patéticamente en entredicho cuando creemos a pies juntillas que rebanándole el cuello a un gallo vamos a apaciguar a no se sabe qué Dios. Murciélagos, sapos, culebras o insectos han sido absurdamente satanizados y, como consecuencia de ello, perseguidos hasta límites que rayan con la demencia social. La realidad es que se trata de seres normales, con sus vidas y sus intereses, entre los que destaca el interés supremo: a no sufrir.

La en apariencia inocente publicidad puede incluso torturar animales para conseguir la imagen deseada. Detrás del anuncio más o menos ingenioso, se esconden muchas veces largas horas de sacrificio animal. Candorosos cachorros a los que se les impide dormir o comer para que lo hagan en el momento adecuado y con la intensidad adecuada, felinos y caballos a los que se obliga a correr sobre un asfalto humeante, o a los que se asusta repetidamente para captar determinada imagen. Y, si se trata de animales a los que colocamos en un bajo nivel en el escalafón moral, como insectos, gusanos o ratones, es muy probable que acaben muriendo. El glamour de la publicidad esconde un aspecto oscuro tras la explotación de sus protagonistas animales.

El terreno de las relaciones sexuales (y de las parafilias en general) no podían quedarse al margen de la utilización de los animales como simples recursos y objetos de consumo. Así, desde perros y caballos hasta cerdos y anguilas son empleados para grabar películas pornográficas o en espectáculos en vivo. Ellos no son capaces de dar un consentimiento razonado para tales prácticas, por lo que no tenemos más derecho a utilizarlos para ese fin del que tendríamos para hacer lo propio con seres humanos que padezcan un retraso mental severo.

El mundo de la moda, al margen de la utilización de productos como la piel, usa y abusa de los animales, sobre todo en lo referente a su empleo como complementos estéticos. No es difícil ver cómo en las pasarelas se obliga a determinados animales a acompañar a las y los modelos: desde perros desconcertados hasta felinos paralizados por el terror de un entorno para ellos agresivo.
La extravagancia no tiene límites. Y la desconsideración hacia quienes no pueden defenderse, tampoco. Se han llegado a introducir peces  vivos en sostenes de plástico transparente y con agua, así como ratones en las suelas de cristal de unos zapatos.

Ni la expresión artística prescinde de ellos. Cadáveres seccionados o colgando del techo de la sala de exposiciones, serpientes que ocupan terrarios llenos de billetes de banco, guacamayos. Incluso el sacrifico ritual de animales de abasto, en una escenificación más propia de una secta satánica que de un artista cuerdo.

Si el filósofo que identificaba este mundo con un infierno para los animales tuviera oportunidad de darse una vuelta por el mundo actual, asumiría su reflexión como una evaluación moderada del fenómeno.

 
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