|
No tenemos derecho a cargarnos el planeta como lo estamos haciendo, a que 852 millones de personas pasen hambre crónica en el mundo, muriendo por ello al año cinco millones de niños y niñas; a que la principal causa de muerte entre las mujeres de 15 a 44 años sea la violencia machista, por encima de guerras, accidentes de tráfico y cáncer; a que los osos polares se extingan para el 2030 a causa del deshielo; a que el tráfico ilegal de animales silvestres sea el tercer negocio más lucrativo en el mundo, tras el narcotráfico y el tráfico de armas; a matar a sangre fría un toro en el ruedo para el deleite de nuestra insensibilidad profunda; a cazar por diversión y satisfacción del ego fundamentalmente masculino; a secuestrar animales libres para encerrarlos de por vida en las instalaciones indignas de un circo, donde se verán obligados a realizar actividades contrarias a su naturaleza. Y aunque haya quien se aferre a la más que dudosa legalidad de parte de lo mencionado, lo que desde un punto de vista ético es incuestionable, es que es injusto, y es inmoral. Y "sólo" por eso, y precisamente por eso, no tenemos derecho. Porque los humanos no somos los dueños del planeta, porque no nos pertenece, y mucho menos en exclusividad, porque sólo estamos de paso en él, porque es nuestra obligación ética y moral compartirlo con todos los seres que lo habitan, en igualdad de condiciones, sin comernos la tarta desproporcionadamente. Porque la lotería de la vida, de la existencia, no puede beneficiar sólo a los seres humanos, varones, blancos, nacidos en el hemisferio norte. Como dijo no recuerdo quién, no heredamos la tierra de nuestros antepasados, sino que la tomamos prestada de las generaciones futuras. Idoia Lekue
|