Circos
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La mayoría de la gente no asocia el espectáculo del circo con el maltrato a los animales. El glamour que sus promotores tratan de transmitirnos desde la pista y los llamativos carteles publicitarios distorsionan nuestra percepción del mismo y nos hacen creer que los elefantes y leones a los que vemos actuar lo hacen por voluntad propia y que son felices en su trabajo.

Cuando los espectáculos circenses más famosos del mundo son precisamente aquellos en los que los únicos animales participantes son humanos (estos sí, por propia voluntad), muchos de estos decadentes negocios siguen basando buena parte de su propaganda estética en la presencia de animales. La agresión a éstos en los circos es doble. Por una parte, está la reclusión perpetua a la que son condenados, y que genera en ellos una permanente frustración y angustia. El régimen de confinamiento es mucho más severo que el que soportan los animales en los parques zoológicos. Aquí el espacio vital apenas les permite dar unos pasos, y ni que decir tiene que no tienen opción alguna de huir de la constante presencia humana. Por ejemplo, los felinos (siempre presentes en los circos) son muy celosos de su territorio y de sus familias. En un circo toda esta realidad emocional queda desde el principio destruida. Su predisposición a emparejarse y tener descendencia permanece impresa en su memoria genética, y por lo tanto está intacta. Sin embargo, su deseo sexual y afectivo se encuentra siempre cercenado, lo que constituye para ellos un auténtico tormento, máxime cuando huelen a las hembras en celo a apenas unos metros.

A los osos se les coloca un incómodo bozal nada más salir del escenario, y los elefantes permanecen su vida encadenados por una pata, viéndose obligados a dormir de pie unos junto a otros en apestosos camiones. Mientras que los elefantes, en su medio natural, viven una media de unos 70 años, los de los circos mueren con apenas 14 ó 15 años. A los felinos y a los osos se les suelen extirpar las garras para que no resulten peligrosos para su dominador. La experiencia vital de las cebras, los dromedarios, y en general cualquier animal utilizado en los circos, está muy alejada de la vida rica en sensaciones que produce la libertad de movimientos.  La variedad de especies de que se nutre el circo es ilimitada. No debemos olvidar que se trata de un mero negocio, donde los beneficios finales priman sobre cualquier otro aspecto. No es difícil ver cómo estos deleznables espectáculos se sirven de seres híbridos (un animal mitad león mitad tigre, por ejemplo), o animales acuáticos, como tiburones. Es fácil imaginar la tortura que supone para las víctimas. Individuos acostumbrados a recorrer diariamente varios kilómetros, se ven obligados a vivir en un entorno extremadamente limitado donde apenas pueden darse la vuelta.

Los animales sufren en esta versión del entretenimiento humano (circo) una doble agresión. Efectivamente, al hecho del traumatismo emocional que supone la reclusión perpetua, se añade aquí la inducción a comportamientos que no tienen significado natural alguno para ellos. Contra la opinión ingenua de muchos ciudadanos, no se consigue que un elefante de vueltas sobre un taburete de apenas un metro cuadrado con largas conversaciones entre domador y animal, sino a base de golpes, privación de alimentos y descargas eléctricas. Estas brutales agresiones constituyen las técnicas de adiestramiento habituales, tal y como han reconocido algunos domadores. Los animales deben incluso “trabajar” aunque se encuentren enfermos o deprimidos. Nadie defiende sus “derechos laborales”. Todo se desarrolla en un contexto de intimidación constante, de gritos, de garrotes en lo alto mientras los aterrorizados animales cierran los ojos, de amenazas cuyo único objetivo es que las víctimas no olviden en ningún momento “quién manda”. Se anula psíquicamente a los machos (en libertad individuos dominantes y responsables de clanes familiares), se condena a vivir en un mínimo espacio a seres acostumbrados a un hábitat natural compuesto de inmensos parajes. Su vida sexual y, en general, todas sus necesidades instintivas, quedan frustradas para siempre. Los circos convierten sus vidas en una experiencia miserable.

Los aplausos del público no motivan ni hacen ninguna gracia a unos animales que no han elegido este tipo de vida y que no disfrutan en absoluto de la magia del circo, sino que han sido obligados a convertirse en atracciones de feria. En muchos casos son arrancados de su ambiente natural cuando son todavía unos cachorros, en otros son excedentes de zoológicos que acaban malvendidos a quien todavía está dispuesto a “exprimirles” un poco más antes de que mueran anónimamente. Algunos circos han incorporado recientemente una nueva sección a la que denominan zoológico, compuesta por auténticos “animales-desecho”. Seres decrépitos que ya no pueden salir a la pista por  su edad, u otros con taras físicas y psíquicas, verdaderos “subproductos” de otras áreas de explotación animal.

Los animales de los circos pasan la mayor parte de sus vidas encadenados y en jaulas, suelen estar mal alimentados, se les arrastra de ciudad en ciudad durante todos los meses del año, y son obligados a realizar números peligrosos que los degradan a la categoría de bufones. A ningún animal le gusta acercarse al fuego, bailar alrededor de la pista o hacer equilibrios sobre dos patas en superficies minúsculas.

Resulta paradójico que los espectáculos circenses de más éxito en la actualidad son precisamente aquellos que no incluyen animales en sus números. Incluso algunas asociaciones regionales europeas prohiben en sus estatutos la utilización de cualquier tipo de animal.