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Pasar una mañana de domingo en el zoo siempre es una buena alternativa de ocio. Observar a los animales resulta relajante y hasta educativo para los niños. ¿Qué puede tener de malo un zoológico o una reserva de animales? Sus cuidadores se ocupan de ellos y son los primeros interesados en que gocen de un cierto bienestar. Pero la realidad no es tan amable, cosa que descubrimos en cuanto hurgamos un poco en la realidad de este fenómeno. La cruda realidad es que los acuarios y los zoológicos son cárceles de animales, donde los humanos los mantenemos recluidos con el único objeto de convertir su observación en un negocio rentable. Como en cualquier otra forma de exhibición, en todo momento están condicionados a la rentabilidad del negocio. Hay que hacerse con una buena “colección “ de animales, por lo que vale más pasarse que quedarse corto. Si resulta que luego tenemos que deshacernos de alguna partida de “material”, no hay problema, se lleva a cabo y punto. Y si no, una rápida transacción entre centros similares. Siempre hay alguien dispuesto a pagar algo, por poco que sea, para llevárselos y tratar de exhibirlos durante unos meses más. Las colecciones de animales que van con muchos circos se nutren de este tipo de “excedentes”. Uno de los argumentos más inconsistentes utilizado por quienes tratan de legitimar los zoos pasa por defender la idea de que resultan educativos. Hoy, la etiqueta “educativo” te abre las puertas de casi todo. Y el hecho de que la gente no esté dispuesta a plantearse un estilo de vida más respetuoso hace el resto. Como mínimo, deberíamos asumir que algo es educativo (en el sentido positivo del término) sólo cuando ofrece una información veraz. No es precisamente el caso de los zoológicos, donde, al lado del león (predador) colocan a los antílopes (presa), vecinos a su vez de los osos polares, con los que, en la naturaleza, ni siquiera comparten continente. En el plano educativo, sin duda el aspecto más devastador lo constituye el hecho de que se transmite a los niños y niñas la idea de que los animales, y en general la naturaleza, están ahí para uso y disfrute de los seres humanos, constituyendo una especie de despensa a la que podemos acudir cuando nos plazca. Si alguien es educado sobre esta colección de ideas y pensamientos, será muy difícil que se dé una rectificación a lo largo de su vida. Uno de los mayores problemas que padecen los animales en cautiverio es el aburrimiento. Puede parecer una tontería, pero no saber qué hacer en todo el día es capaz de llegar a matarte (es, de hecho, lo que les pasa a muchas personas de naturaleza ociosa cuando se jubilan). Así, en los centros de reclusión forzosa a los que denominamos eufemísticamente “recintos zoológicos”, muchos residentes acaban desarrollando cuadros de ansiedad severa, que somatizan mediante comportamientos aberrantes, como ingerir sus propias heces, intentar mantener relaciones sexuales continuas, o episodios de agresividad hacia sus familiares. Salvo en los excepcionales casos de algunos individuos-estrella, los zoológicos están concebidos como un todo, un conjunto faunístico global, lo que no ayuda a identificar individuos. Este hecho facilita a sus promotores la poco conocida (pero constante) transacción de animales, que entran y salen sin que el público lo perciba, y por lo tanto sin poder seguir la pista a éste o a aquel animal que parecía tan decaído. Siguiendo la filosofía mercantilista que sustenta todo negocio, cuando un animal en concreto no consigue adaptarse al artificial medio que se le ofrece, se procede a su “retiro” sin más contemplaciones. Nadie notará su ausencia, pues hemos sido educados para verlos no como a seres con intereses individuales, sino como a una colección. |